¿Cómo hablar de la muerte con los pequeños?

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Todos saben que la muerte forma parte del ciclo de la vida, no sólo en las personas, sino en todos los seres vivos. Pero no por eso estamos libres del sentimiento de tristeza que nos abate cuando perdemos un ser querido, o incluso a una mascota. Peor aún es intentar explicar lo sucedido a un niño sin crear ilusiones.

La muerte está presente también en las historias infantiles, en los dibujos animados, en las películas y tiras cómicas. Pero cuando sucede en el mundo real puede confundir a los niños.

Priscila Manetta, coordinadora del colegio Itatiaia, en San Pablo, enseña que el bebé comienza a lidiar con algo parecido a la muerte en su octavo o noveno mes de vida: cuando la madre o alguien cercano se aleja de su campo de visión, es como si hubiera desaparecido definitivamente. Todavía no procesa la información para notar que es un alejamiento temporal. Esa es su primera sensación de pérdida.

Para Priscila, es necesario hablar de la muerte con un niño de la forma más natural posible: “si el niño es muy pequeño (menor de 3 o 4 años) no hay necesidad de hablar de muerte, porque ella sólo absorbe lo que vive. En verdad, el concepto de pérdida ya está asociado a su día a día, como la muerte de una plantita, por ejemplo”. Pero la charla sobre el tema es inevitable: “Infelizmente llega un momento en el que el niño pierde una mascota o un ser querido. Este es el momento para comenzar a hablar sobre la muerte”.

Según Priscila, encubrir el asunto es peor. Es importante respetar sus sentimientos en una charla tranquila y con un lenguaje de fácil comprensión. Es momento de usar términos como “se fue al cielo”, que ayudan a que el niño entienda un poco mejor algo tan difícil.

Con los mayores, es mejor que los adultos no escondan sus sentimientos. “Los padres no necesitan esconder su tristeza y los niños necesitan entender que los adultos también lloran, pues esa es una forma de exponer sus alegrías y tristezas”, dice la coordinadora.

Sea cual fuere la edad del niño, Priscila orienta que es bueno que los adultos estén siempre a disposición para aclarar dudas y ampararlas de la mejor forma posible. No deben intentar aliviar o esconder, sino deben respetar el sufrimiento de ambas partes.

Pero, de acuerdo con la educadora, hay más cosas a considerar: el proceso de “cicatrización” debe observarse, si el comportamiento del niño se alteró y cuáles son los significados de la experiencia. De esa forma, otras situaciones futuras podrán ser superadas sin tanto dolor.

 

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