Los pasos de la multitud

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Cuando Katy me llamó para salir, imaginé que sería un paseo común. Eran las 6 de la mañana, pero el día ya había clareado. Salíamos de casa, y me extrañó cuando dos vecinos míos también se juntaron con nosotros.

No conversábamos, no nos mirábamos, seguíamos caminando en línea recta, como si nada pudiera quitarnos la atención. Yo veía todo muy extraño. Y me preguntaba si solamente yo me estaba sintiendo tan incómodo.

Entonces les pregunté: – ¿Y que van a hacer ustedes después de este paseo?, intenté sacarles algo, pero no respondieron.

De pronto miré hacia atrás y vino una multitud caminando igual que nosotros. Muchos caminaban al lado nuestro y otros se pusieron adelante, como si quisieran llegar a algún lugar de inmediato. Entonces me di cuenta que esa cantidad de gente, a quienes nunca había visto antes, en realidad, no nos estaba siguiendo; sino que nosotros la seguíamos. Todas aquellas personas estaban de la misma manera, actuando de la misma forma. Era una especie de hipnosis, creo, porque hablaba con uno, hablaba con otro y nadie me escuchaba.

Por un momento, pensé que toda esa gente iría a algún show… Qué se yo, a lo mejor iban para algún recital gratuito de alguna banda famosa, o un partido de futbol…

Igualmente, nada justificaba tantas personas caminando tan deprisa como lo hacían, sin mirar a su alrededor, sin hablar, sin gesticular. Solo yo miraba a todos y a todo mí alrededor, y aun así no lograba ver hacia dónde estábamos yendo. La multitud cubría mi campo de visión totalmente.

Sinceramente, comencé a preocuparme. Estábamos caminando velozmente hacía horas por un camino que desconocía completamente. Y lo peor: no sabía la razón.

Fue cuando dije que no quería participar más de eso, e intenté regresar. Mis amigos no movieron un dedo; no me lo impidieron ni dijeron absolutamente nada… Claro, ellos sabían, ¡era casi imposible que alguien saliera de allí!

Pedía permiso, pero cada persona que lograba empujar parecía multiplicarse en cuatro o en cinco. Ellos no me escuchaban, no me dejaban salir. Permanecían con los ojos fijos mirando al suelo y no pronunciaban palabra, tampoco esbozaban reacción alguna.

Miré alrededor para ver si alguien estaba en la misma situación que yo, pero nada. Me puse triste, quise llorar. ¿Qué situación era esa? ¿Por qué acepté esa invitación? Me di cuenta que podría estar feliz en cualquier lugar que no fuera ese… Creo que si yo fuera convocado a una guerra repentina de mi país, me sentiría más feliz que allí; en cualquier lugar, menos ahí, caminando como un zombi hacia un lugar que no sabía cuál era.

Y eso me dio un gran pavor. Comencé a sentirme sofocado, a pedir ayuda, a gritar. Pero mi esfuerzo resultaba inútil. Aquella multitud me apretaba, me comprimía, me provocaba dolor.

Y al mismo tiempo que sentía esas reacciones, me daba cuenta que sucedía algo aun más extraño. Era como si la multitud que estaba delante mío, estuviera disminuyendo, y en lugar de sentirme aliviado, eso me dejaba más cerca y con un pavor tan descontrolado que empecé a tener una grave falta de aire. Le exigía a la respiración, pero el aire parecía esfumarse.

Comencé a sudar frio, a tener vértigo, y la sensación de desmayo fue tan grande que pensé que no sobreviviría, en el caso que cayera en medio a tantas personas que caminaban tan rápido y sin parar. “Seré pisoteado”, pensé, llorando sin consuelo.

Entonces, decidí mirar hacia el cielo. Y mientras caminaba, me quedé buena cantidad de minutos mirando a aquella “pintura” azul-claro, destacada por la fuerte luz del sol. Volví a empujar el aire, esta vez más despacio, hasta que suavemente volvió. Fue con mucha dificultad, pero volví a respirar normalmente. Y comprendí porqué las personas miraban hacia el suelo. Porque ahí no había aquella luz.

Segundos después, comencé a ser sacudido, como si fuera a derrumbarme y vi a las personas que estaban a mí alrededor cayendo,  hundiéndose en algo profundo, un lugar vacío y monstruoso.

Esa fue mi oportunidad y logré escuchar el grito silencioso de aquella multitud, su expresión de angustia y el terrible pozo de la muerte.

Di mi último paso,

Y clamé:

– ¡Misericordia!

Estaba al borde del abismo…

Y allí fui salvado.

Para reflexionar

Muchos siguen los pasos de la multitud. La multitud busca influir en nuestras vidas en todos los aspectos, intentando controlarnos. La multitud es todo aquello que oscurece nuestra visión hacia Aquél a quien debemos mirar. Es la multitud que nos hace mirar hacia abajo, para no levantar nuestros ojos hacia la Luz. Y su objetivo no es otro, sino llevarnos hacia el abismo.

Si usted ha seguido a la multitud y eso ha oscurecido su visión hacia lo que realmente importa, aún hay chance de salir de ella. Y si cree que está al borde del abismo, o en el fondo del pozo, clame a Dios, pues estando allí, Él lo va a socorrer.

 

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