Juan 20: Nuestro Big Brother

tumba

La primera persona que vio a nuestro Señor Jesús resucitado fue una “pecadora”, la ex prostituta María Magdalena, de quien Él había expulsado siete demonios. No fueron ni Pedro, ni Juan, ni María la madre de Jesús. Son los pecadores, los rechazados, los despreciados los que normalmente se entregan más rápidamente a Dios, y por eso son los primeros que Lo ven en sus vidas. No tienen nada que perder. Saben que Lo necesitan. Incluso en Su resurrección, el Señor Jesús dejó clara Su misión: “Yo vine para los enfermos, los sanos no necesitan un médico”.

Quien se cree suficientemente bueno, confía en sus propias capacidades, no busca y no puede ver a Dios.

Para mí el versículo principal de este capítulo es el 17. Léalo atentamente, después de revelarse a María Magdalena, Jesús le dijo:

No Me toques, porque aún no he subido a Mi Padre; mas ve a Mis hermanos, y diles: Subo a Mi Padre y a vuestro Padre, a Mi Dios y a vuestro Dios.

¿Se dio cuenta de lo que la muerte y la resurrección del Señor Jesús hizo por los discípulos?

Ellos comenzaron como simples aprendices del Señor. Eran nada más que siervos. Después de tres años con Él, el Señor les había dicho: “No os llamo más siervos y sí Mis amigos”. Ahora el Señor les da la mayor promoción de todas: se convirtieron en Sus hermanos, ¡hijos de Su Padre! Nunca hasta ahora Jesús se había referidos a ellos así.

Y note también que esas fueron las primeras palabras de Jesús al volver de la muerte. ¡Hizo esa declaración como un campeón que acaba de vencer el mayor combate de su carrera y le anuncia al mundo su victoria! La gran victoria del Señor Jesús fue esa: conquistar para los que creen en Él el derecho de ser Sus hermanos e hijos del Altísimo. ¡Jesús es nuestro hermano mayor! ¡Su Padre es nuestro Padre!

Jajajaja… ¡Puede reír entonces! ¡Puede bailar también si quiere! ¡Puede agradecerle a su Hermano y a su Padre!

Aquel mismo domingo más tarde, Jesús se les apareció a los discípulos que estaban escondidos, llenos de miedo de los judíos. ¿Iban a ser ellos los próximos en ser apresados y asesinados? ¿Cómo iban a escapar de Jerusalén sin que los vieran? Imagínese lo que pasaba por sus mentes. Por eso, el Señor enseguida los saludó diciéndoles: “La paz sea con vosotros” Estas también son palabras de Él hacia nosotros cuando no aqueja el temor, en medio de nuestros problemas.

Tomás no estaba allí, y cuando oyó lo que los discípulos decían, se resistió a creer. Solamente ocho días después pudo tener el encuentro con Jesús resucitado. ¡Cómo atrasa la incredulidad la vida de las personas!

Feliz es quien no vio pero creyó. Grandes bendiciones están reservadas para los que creen sin necesidad de ver.

Querido amigo(a) que ha acompañado este propósito de Juan: ¿Usted cree en Él? ¿Percibe usted Su Espíritu ahí cerca suyo mientras lee esto? Entonces, ¡sea lleno de la alegría de Dios ahí ahora, sea usted quien sea, esté donde esté, haya sido cual haya sido su pasado! Fue por usted que Él venció todo, hasta la muerte, para que usted también venza con Él. Si todavía no se entregó a Él, entréguese ahora por completo, de cuerpo, alma y espíritu. ¿Todavía tiene alguna duda de que puede confiar en Él y de que Él solo quiere su bien?

Mañana es el último día de nuestra meditación. Usted que ha acompañado estos posts y aun no hizo su comentario, por los menos “unito” puede dejar hoy aquí…

Obispo Renato Cardoso

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