Juan 21: Olvídese de los peces

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Este es nuestro último comentario – por eso es más largo que los anteriores. Pero vale la pena leerlo hasta el final.

El relato de Juan termina con la escena de un encuentro más del Jesús resucitado con los discípulos, esta vez en la orilla del Mar de Galilea. Él permaneció en la Tierra cuarenta días después de Su resurrección – dando señales, enseñando, exhortando y preparando a los discípulos para el inicio de la iglesia.

En este específico encuentro, solo siete de los once discípulos estaban presentes. ¿Dónde estaban los otros cuatro? La vez anterior, Tomás no estaba, y se perdió el primer encuentro con el Señor. Pero por otro lado, esta vez él es nombrado aquí entre los siete. Parece que aprendió la lección: su lugar era junto a los discípulos.

Muchos cristianos pierden bendiciones y oportunidades de crecimiento espiritual porque no están presentes en la iglesia, no se unen a los demás discípulos que están sirviendo al Señor. Quieren que el Señor Se les aparezca individualmente. Note que cada vez que Jesús Se les apareció a los discípulos después de la resurrección, fue a los que estaban juntos. ¿Usted ve en la iglesia a personas que sirven a Dios con sinceridad y disponibilidad? Júntese a ellas, si quiere recibir más de Dios. “Donde estuviesen dos o tres personas reunidas en Mi nombre, allí estaré en medio de ellos.” No es que Dios no esté cerca de quien está solo. Es que Él honra a los que quieren servir juntos, pues juntos podemos más.

Toda esta escena de la pesca parece tener un simbolismo muy grande. Jesús nunca hizo ni habló nada por casualidad. ¿Por qué escogió aquel momento y lugar para aparecérseles a ellos?

Los discípulos estaban allí un tanto perdidos sobre qué se suponía que debían hacer después de los eventos de los últimos días. Pedro de repente vino con la idea: “Yo voy a pescar”. Y los demás simplemente decidieron acompañarlo.

Sabemos que Pedro era pescador. Pero desde su encuentro con Jesús, había sido llamado para dejar las redes y convertirse en pescador de hombres. ¿Estaría él pensando ahora en volver a la vida de pescador?¿Habría pensado que “fue bueno mientras duró” y que ahora que el Señor no estaba más al lado de ellos para alimentarlos, necesitaba encontrar una manera de volver a la “normalidad” y cuidar su propia vida?

No sabemos lo que pasaba por su mente, pero parece muy clara la lección que Jesús les dejó a ellos allí en la playa. Con solo una palabra, les ayudó a tener una pesca abundante. Cuando llegaron a la playa, Jesús ya les había preparado pan y pescado, y les dio nuevamente de comer. El recado era: “No se preocupen con pescados, comida no les va a faltar mientras estén Conmigo. ¡Salgan del mar y vayan tras las personas! Ellas sí los necesitan. Ustedes son pescadores de almas, ¿lo recuerdan? Cuiden Mis ovejas y Yo los cuidaré a ustedes.”

Cuántas veces queremos volver a la vida antigua, extrañamos las cosas de la vida pre-Jesús. No extrañamos el sufrimiento, claro, pero podemos ser tentados por aquellas cosas que nos daban placer. Tenemos que tener cuidado para no caminar hacia atrás.

¿Cuántos fueron llamados para ganar almas, pero con el tiempo volvieron a preocuparse solamente por sí mismos?

Vea también cómo Jesús retribuye con abundancia. Cuando Él Se apareció entre los discípulos días antes en Jerusalén, a puertas cerradas, “Le presentaron un pedazo de pescado asado”. (Lucas 24:42) Era todo lo que ellos tenían. Ahora, Él los retribuye con más de cien veces más: 153 grandes pescados. ¿Quién puede darle a Dios más de lo que Él da? ¿Cómo ser mezquino o tener miedo a renunciar a meras migajas para nuestro Señor, cuando Él, con una sola palabra, puede ordenar las riquezas que vengan a nuestras manos?

La otra parte de este capítulo nos muestra cómo Jesús lidió con el error de Pedro por haberlo negado tres veces. Él no lo reprendió, no lo humilló, ni le echó en cara su fracaso. Sabía que Pedro ya había llorado amargamente y se había castigado a sí mismo. Jesús con certeza vio la tristeza de Pedro, que nuevamente salió a la luz cuando el Señor le preguntó tres veces lo mismo. La tristeza divina es para el bien, produce arrepentimiento. Muchos no se sienten tristes por sus pecados, por eso nunca se arrepienten y nunca logran vencerlos. (2 Corintios 7:10)

Y porque el Señor vio ese arrepentimiento sincero en Pedro, fue práctico y Se enfocó solo en lo que él debería hacer a partir de ahora. El pasado pasó. Si usted ya dejó de equivocarse, lo que importa ahora es lo que va a hacer para hacer lo correcto.

Pero el Señor aún tenía una lección más para Pedro. Era al respecto a cómo él se preocupaba por los demás y competía con ellos. Por eso el Señor le preguntó: “¿Me amas más que a estos otros?”

Antes de negar a Jesús, Pedro Le había dicho: “Aunque todos se escandalicen, ¡yo, jamás!” (Mateo 14:29) Se creía más fuerte, más capaz y más fiel que sus compañeros. No debemos creernos mejores que los demás. Aunque debamos buscar ser mejores que todos, tenemos que en humildad de espíritu estimar a los demás como mejores que nosotros, pues conocemos nuestras debilidades mejor que las de ellos. Incluso la fe y la santidad pueden hacernos orgullosos.

Pero incluso después de aquella pregunta, parece que Pedro aún no había entendido que debía preocuparse por él mismo y no preocuparse por la vida de los demás. Cuando el Señor lo llamó para seguirlo, Pedro fue, pero miró para atrás y vio que Juan también los acompañaba. Como Jesús le acabó de decir el tipo de muerte que Pedro iba a sufrir, este quiso saber también qué sucedería con Juan. Y fue entonces que Jesús, directamente, le dio una por la cabeza: “¿Qué tienes que ver con eso?”

Cuidar nuestra propia vida ya es bastante trabajo. No necesitamos cuidar la de los demás.

Y es con este aviso que terminamos este Propósito: Cuide su vida. Como usted debe haberse dado cuenta al estudiar este libro, ella es preciosísima. Su costo fue la vida del propio Hijo de Dios. Con este precio, usted recibió el derecho de ser hijo también. La misma invitación que Jesús le hizo a Pedro, le hace ahora a usted: “Sígueme.”

¿Qué hacer ahora?
    1. Comience a ser un seguidor de Jesús. Deje la religión, sea cual sea, pues esta es un sistema de hombres que le ata más de lo que le ayuda. Déjela y pase a cultivar una relación real con Dios a través de Su Hijo.
    2. Continúe meditando en la Palabra de Dios. Vea cómo este Propósito le fortaleció. ¿Por qué parar? Meditar en ella le ayudará a conocerlo mejor y le fortalecerá la fe a cada día. Frecuente una iglesia donde la Biblia es vivida por sus predicadores, y únase a otros cristianos que tengan el mismo espíritu. Una iglesia fuerte le hace fuerte. Pero no vaya allá para cuidar la vida de los demás. Basta la suya.
    3. Ayude a otros a que conozcan a Jesús. Después de cuidar de su propia salvación, esta es su mayor responsabilidad. Lo que Dios le dio no es solo para usted. La mejor manera de presentarles a Jesús a los demás es vivir como un verdadero hermano de Él. Deje que su Luz brille. Y aproveche todas las oportunidades para hablarle de Él a alguien.

Por último, un pedido. Si este Propósito de Juan lo bendijo, convenza a por lo menos tres personas de hacerlo. Páseles este link y motívelas a participar. Ellas pueden comenzar cuando quieran. Esta es la mejor manera de agradecerme – ¡ayudándome a llevar a otros a conocer a este Jesús que cambió mi vida y ahora la suya!

Muchas gracias. ¡Paz!

Obispo Renato Cardoso

 

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