Liberada del lesbianismo, Dayane cuenta su historia

Dayane

Cuando tenía 12 años comencé a vestirme y a sentirme como un niño. Poco a poco, empecé a convivir con niños, actuaba como niño y me relacionaba sentimentalmente con chicas, hasta que a los 13, 14 años asumí ante mis padres que era lesbiana.

Mi madre no me aceptó en casa. Entonces, me fui a vivir con mi papá, que también me expulsó. Busqué a mi hermano, que tampoco me aceptó.

Estaba a punto de vivir en la calle, cuando fui a trabajar a un “cyber café” en un cerro. Recibía 12 reales por día y me humillaban.

Me invitaron a vivir en la casa de un amigo. En ese lugar nadie sabía que yo era una chica, solo mi amigo. Para todos yo era Danilo. Pero las cosas empeoraron. Perdí el control. Había más bailes, en los que me relacionaba con las chicas que quería. Tuve que cambiarme de escuela y convencí a la directora de poner el nombre que yo usaba en la lista de asistencia, ni siquiera los profesores conocían la verdad.

En compensación, sufría mucho. Aunque me relacionara con muchas chicas y viviera rodeada de “amigos” porque yo mantenía los bailes. Me sentía triste, vacía, tenía depresión y ataques de pánico. No soportaba quedarme en la oscuridad, me moría de miedo.

Tenía algunos amigos que manifestaban con espíritus y estos me amenazaban de muerte. Eso empeoraba la situación.

Consumía drogas, fumaba, bebía. A los ojos del mundo, tenía la vida que sueña cualquier muchacho. Todos querían estar conmigo, pero ninguno conocía el otro lado de la moneda. Pasaba noches llorando y pensaba que si me mataba acabaría con mis problemas.

Quería ver a mi madre, hablarle, pero mi padrastro no dejaba que me aproximara a ella. Mi padre no quería saber nada de mí. Estaba hundiéndome cada vez más.

Un día estaba en la terraza de la casa donde vivía, que estaba en obras y no tenía pared de protección, pensé en tirarme desde allí, porque yo veía que por un lado lo tenía todo, pero por el otro no tenía nada. Las personas solo se me acercaban por interés. Sentí una fuerza empujándome y caí. Solo que caí en el piso de abajo y comencé a llorar.

Fue cuando la madre de ese amigo, que es miembro de la Universal, me vio caída y me invitó a ir a una reunión. Ella creyó en mí. Al comienzo lo encontré aburrido, pero ella me incentivaba a ir y me fui sintiendo mejor cada vez que iba a la Universal.

Llegaba a las reuniones llena de angustia, destruida, y salía aliviada. La liberación demoró mucho, porque yo quería a Jesús, pero al mismo tiempo quería también usar drogas, salir, “pasar el rato” con chicas, participar de orgías. Por eso, todavía me sentía incompleta. Hasta que me cansé de esa situación, hice una oración antes de ir a la iglesia, pidiéndole a Dios una dirección, de lo contrario, no iba a volver más.

Casi al final de la reunión, el pastor dio un mensaje de decisión. O escogía a Dios o a los deseos del mundo. Vi que Dios había respondido a mi oración. Cuando terminó la reunión fui a hablar con el pastor.

La primera cosa que hice cuando llegué a casa fue llamar a mi madre, le pedí perdón por todo y le dije que quería cambiar de verdad mi vida.

Ella no me creyó, pensaba que no iba a cambiar. Poco a poco logré volver a aproximarme a mi madre. El Espíritu Santo fue transformándome de a poco y los deseos de usar drogas, de involucrarme con muchachas, fue saliendo.

Poco tiempo después volví a vivir en la casa de mi madre y seguí frecuentando la Universal cercana a casa (Recreio)

Todo fue cambiando. Conforme me entregaba a Dios, iba siendo transformada, hasta ser transformada por completo, por dentro y por fuera. Comencé a dejarme crecer el pelo, a ser mujer en la actitud y en la apariencia.

Un día fui a visitar al amigo que me había ayudado, solo que allí muchos pensaban que yo era un hombre. Ese momento fue un divisor de aguas, porque antes ya estaba caminando en la fe, pero aun me daba vergüenza enfrentar el pasado.

El cambio total fue cuando les pedí perdón a las muchachas con las que me había relacionado y a las personas a las que había engañado por haberme hecho pasar por hombre. Había sido chantajeada por algunas personas que querían revelar mi real identidad, pero cuando decidí contar la verdad, ellas no tuvieron nada que decir.

Antes, nadie quería estar cerca de mí, era considerada como un mal ejemplo. Hoy es diferente. Mi madre, que no quería estar cerca, hoy se enorgullece de tenerme como hija y ve a Jesús en mí. Las personas me miran y me ven como un ejemplo. Me liberé de la homosexualidad, de las drogas y de la depresión.

En fin, hoy soy una nueva persona, totalmente transformada y completamente feliz, y todo ese cambio solo se hizo posible a partir del momento en que tuve un encuentro con Dios.

Dayane

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