¡Sí señor! ¡Sí señora!

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Atrás quedaron los días en que a los padres se les llamaba “señor” y “señora”. No hacerlo era sinónimo de falta de respeto. Pasó el tiempo y llegó la época de “madre” y “padre”, fueron los nombres utilizados por los hijos ya grandes aún viviendo en casa, que hicieron un punto de pedir la bendición antes de acostarse. El apodo ha disminuido, ”papá” y ”mamá” son los más usuales, eso cuando son dichos – y respetados.

Con la disminución de los nombres el respeto también disminuyo y tal vez más rápidamente. Hoy los padres son los últimos en ser escuchados por los hijos. Las noticias, las dudas y hasta la confianza fue transferida para los amigos de la escuela, o el vecino y hasta aquellos con poco tiempo de amistad.

Hay un mandamiento en la Palabra que muchos hacen a un lado o consideran “obsoleta”, pero que dice todo acerca de la obediencia y la consecuencia de quien desprecia a los padres.
“Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, (que es el primer mandamiento con promesa); para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra.” – Efesios 6:1-3

El respeto por un simple pedido de traer el paraguas, no llegar tarde, conducir con cuidado, respetar las autoridades, entre muchas otras situaciones son ignoradas. Pero ¿por qué ha ocurrido esto?
¿Será que muchos padres no están dispuestos a educar, pero si imponer? ¿Será que la conversación o el relacionamiento entre padres e hijos realmente existe, o el deseo de tener más recursos financieros robo el tiempo que debe dedicarse a la familia y a los hijos?

“Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor.” – Efesios 6:4

No hay culpables cuando las consecuencias son innumerables. No hay como decir si el error esta aquí o allí. Pero el hecho es que si el respeto a los padres aún existiese, aunque mínimo, muchas desgracias no serian noticias diariamente. Si incluso los padres también respetaran los cambios de la nueva generación, sin imponer, pero abiertos para entender y así educar de la mejor forma, tal vez los hijos tuvieran más placer en escucharlos y ellos no serian el blanco de tanta desobediencia.
¡Obedecer si, sacrificar jamás!

“Y Samuel dijo: ¿Se complace el Señor tanto en holocaustos y sacrificios como en la obediencia a la voz del Señor? He aquí, el obedecer es mejor que un sacrificio, y el prestar atención, que la grosura de los carneros”. – 1 Samuel 15:22

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