35º Día de la Cuarentena del Ayuno de Jesús

35-dia

Una cosa Le pedí al Señor…

Hace 10 años, un miércoles, cuando caía una tempestad, yo llegaba con mi madre y mis hermanos a un lugar que cambiaría la historia de mi vida. Pero aún no lo sabía.

Empapados, entramos a ese lugar lleno de asientos. Había un hombre despidiéndose de algunas personas que estaban allí. Recuerdo que nos señaló y le dijo a alguien:

– Obrera, páseles a ellos los horarios de las reuniones que después conversaré con esta familia.

Las personas comenzaron a salir, y una mujer rubia vino a nuestro encuentro. Le entregó a mi madre un papel con los horarios de las reuniones y nos pidió que nos sentáramos en las sillas que estaban en el escenario donde el hombre nos esperaba.

Él se presentó, nos preguntó nuestros nombres y cómo estábamos. En respuesta a esa pregunta, mi madre comenzó a contarle toda nuestra vida, nuestros problemas. En fin, le dijo todo. Mi madre nunca hablaba de sus problemas privados con conocidos, mucho menos con extraños.

Yo no oí ni siquiera una palabra de lo que él dijo. Me quedé solo mirando asustada sus ojos. No lograba ver su pupila, veía fuego en forma de cruz.

Comenzamos a ir a ese lugar todos los días. Había días en los que veía gente con los ojos cerrados, algunos llorando. Otros días, gente gritando y retorciéndose. No entendía nada.

Me sentaba en la primera fila, y, durante el parloteo de ese hombre molesto, me maquillaba, me cambiaba los piercings, me peinaba o conversaba con una amiga. Él me reprendía y yo le retrucaba.

Después de 30 días consecutivos frecuentando ese lugar, descubrí que esa era una iglesia (UNIVERSAL), y eso que pensé que era un escenario, en realidad, era el Altar, y que el hombre molesto que hablaba era el pastor. Algunos días después, ese pastor se fue y vino otro en su lugar.

Solamente tres meses después logré leer la placa de la iglesia. No porque estuviera escondida, sino que antes simplemente no la veía cuando la miraba.

Finalmente comenzaba a entender lo que se hablaba. Entonces comenzó mi proceso de liberación. No sé exactamente cuánto tiempo tardó, pero me parece que fue casi un año.

¡Y cuán horribles eran esos días! Días de duda, de cuerpo dolorido, de bronca contra mí misma, de vergüenza, de pensar que estaba loca. Hasta que un día me indigné, decidí no aceptar más esa situación. No podía depender más del pastor o de los obreros. Yo no estaba en pecado, mi vida había sido entregada a Dios y, aún así, el proceso de liberación no terminaba. En ese instante, éramos solo nosotros dos, el diablo y yo, y solo uno saldría victorioso. Grité, clamé, luché, luché, luché contra el diablo y contra mí misma, ¡yo creí!

Expulsé para siempre al diablo que actuaba en mi vida. ¡Estaba liberada! No iba a dejar que nada ni nadie sacara esa certeza de dentro mío.

El tiempo pasó, yo estaba vacía de mi yo, liberada de los demonios, pero dentro mío había un vacío mayor que el de antes, y no entendía lo que estaba sucediendo. Después de todo, yo tenía que estar muy bien, pues estaba liberada, pero faltaba el Autor de la vida dentro mío.

Busqué con todas mis fuerzas, y una noche de miércoles tuve mi encuentro con Dios. Sin embargo, aún faltaba que Él habitara dentro mío. (Yo pensaba que, al ser bautizada con el Espíritu Santo, me convertiría en una especie de «Mujer Maravilla»: todos mis problemas serían resueltos, como magia; que tendría luz, y que, cuando yo pasara, los demonios manifestarían… En fin, era loca, jaja.)

Cierta noche, al comenzar la vigilia de la Fuerza Joven, en la primera oración, el pastor Wendel dijo:

– Pídale a Dios un milagro, y esta noche se cumplirá.

El mayor milagro que yo deseaba era el bautismo con el Espíritu Santo. Yo estaba triste, el vacío aumentaba a cada día. En ese momento vi la oportunidad de mi vida.

A lo largo de la vigilia busqué con todas mis fuerzas, estaba determinada a llegar al cielo. Fui delante del Altar y el milagro de mi vida sucedió. Aun sin merecerlo, recibí la mayor riqueza de mi vida – la Plenitud de Dios. Su Espíritu me selló, me transformó (y, obviamente, no me convertí en la Mujer Maravilla).

Un año después, el día 10/07/2007, un martes, después de la reunión de la noche, estaba limpiando los bancos de la iglesia cuando el pastor me llamó y me hizo algunas preguntas. Me preguntó si quería ser obrera. Le respondí que sí. Entonces me dijo:

– Arrodíllese en el Altar que la voy a consagrar. – No creí en esas palabras. Sonreí, le di la espalda y volví a limpiar los bancos (sin ninguna noción… jajaja).

El pastor abrió los brazos y me dijo:

– ¿¿¿Usted no quiere ser obrera??? ¡Vaya, hija mía!

Fue ahí que mi ficha cayó y noté que él estaba hablando en serio.

Fui hasta el Altar, me arrodillé y me consagró. En la iglesia había dos obreras amigas mías, la esposa del pastor, él y yo.

Mi testigo fiel fue el propio Dios. Él me había escogido. Yo no lo merecía, no tenía y no tengo ninguna capacidad, pero aun así contó conmigo. Al día siguiente, el pastor hizo la primera reunión y a la tarde recibió la noticia de que se iría a México. En la reunión de la noche, ya había otro pastor en su lugar.

¿Sabe qué es lo más genial? ¡Fue el propio Dios quien me escogió! Normalmente los obreros son consagrados y presentados al pueblo en las reuniones de miércoles y domingo. El pastor no sabía que se iba a ir (se lo pregunté). Él no necesitaba haberme bendecido ese día, en ese momento. Pero Dios, que sabe todas las cosas, quiso que fuese así.

Hoy, hace 7 años que fui privilegiada. ¡Formar parte de esta Obra es una honra!

La niña que antes oía voces, que veía bultos y que se preparaba para hacer sus obligaciones en la casa de los espíritus, que vivía en una familia destruida y que estaba condenada a muerte por una enfermedad que no tenía cura, hoy Le agradece a Dios por haber entrado por esa puerta ese día de lluvia.

Muchas cosas sucedieron. Tuve experiencias buenas y malas, pasé por el desierto, por el fuego – y todavía pasaré por muchos -, probé el maná, confié en Dios, me humillé delante de Él y estoy aquí completando un año más de victoria por andar al lado del Único Señor y Salvador.

Aún tengo mucho que aprender y madurar. Continuaré buscando y luchando hasta que se acabe el aliento de vida que hay en mí. La única certeza que tengo es que el Dios a quien escogí servir es el Verdadero, el Único que puede cambiar la historia de la vida de una persona.

Una cosa he demandado al Señor, esta buscaré; que esté yo en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor, y para inquirir en Su Templo. Salmos 27:4

Flavia Dias, obrera de la Vila Formosa – SP

Obispo Macedo

http://www.bispomacedo.com.br/es

 

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