38º Día de la Cuarentena del Ayuno de Jesús

38-dia

Encontré al Dios de la Universal»

¡Buen día, obispo!

Me gustaría contar un poco de mi historia y de cómo su vida de renuncia y sacrificio, la de los pastores y los obispos, cambió y ha cambiado mi vida.

Siempre fui una niña enferma, y tanto yo como mi hermana vivíamos internadas en hospitales. Recuerdo que pasábamos semanas internadas con enfermedades de las que los médicos no descubrían la causa. Mis padres siempre peleaban al punto de que mi padre agarraba un cuchillo y otras cosas para hacer sangrar a mi madre.

Me acuerdo que muchas veces mi madre agarraba a los cuatro hijos y salía de madrugada sola con nosotros, huyendo de mi padre, pues él no era violento solo con ella, sino con los hijos también. Para defendernos, ella huía de él sin tener rumbo cierto y sin nadie para ayudarla.

Teníamos momentos felices, ¡pero la mayoría de las veces era terrible! Mi padre manifestaba con espíritus y, muchas veces, nos hacían sentar con ellos y comer esas comidas ofrecidas.

A fin de año mis padres presentaban ofrendas a los espíritus (a la llamada “reina del mar”). Pero ellos lo hacían sin tener el entendimiento que tenemos hoy de que esas entidades son demonios.

Con certeza ese era el motivo de tantas enfermedades y de tantas peleas y divisiones dentro de nuestro hogar. Pero un día mi padre oyó en la radio acerca de un lugar que prometía poner punto final a los problemas que estábamos pasando. Él no quiso ir pero le dijo a mi madre que fuera, y ella, gracias a Dios, fue.

Ella llegó con mi hermana que estaba enferma. Había una multitud enorme. Aun así mi hermana se soltó de la mano de ella y fue delante del Altar, sin saber cómo. Mi hermana ya estaba bien, pues, además de las enfermedades, ella también tenía miedo de la multitud y de lugares cerrados. (Claustrofobia)

¡Desde ese día mi madre nunca más salió de ese Altar! Y de eso ya hace más de 25 años.
Mi hermana creció y no se puso firme, se involucró con el mundo y después de sufrir mucho y casi morir, volvió, tuvo un encuentro con Dios y hoy es una obrera de Él. ¡Tanto ella como mi querida y amada madre sirven al Señor Jesús! Yo tampoco me puse firme, sufría en la adolescencia con depresión y nerviosismo, me gustaban las películas sangrientas y vivía encerrada en un cuarto oscuro sin querer saber de nadie. Además de eso, mi padre intentó violarme. Él me tocaba cuando yo dormía.

Cierto día, cuando mi madre se había ido a la iglesia, él intentó violarme, pero corrí y gracias a Dios no logró hacerme lo peor. A partir de ese día comencé a tener miedo de quedarme sola con él.

Yo también sufría mucho en la vida sentimental: me gustaba quien no gustaba de mí. Muchas veces incluso yo maltrataba. Tenía muchos amigos, era muy popular en todo, pero siempre con un tremendo vacío dentro de mí, que no me explicaba.

Un día volví a la iglesia. Estaba en la fuerza joven de ese momento. Evangelizaba, cuidaba la iglesia, pero aún tenía lazos con el mundo, con un novio que solo me hacía sufrir, pero del que no lograba alejarme. Entonces salí de la iglesia nuevamente, pues me había ido a vivir con ese novio y por más que mi madre me aconsejase no ir, fui.

Fui y fue la mayor tontería que hice. Abandoné a Dios y así tuve un matrimonio frustrado, con peleas, miseria y celos… Tenía ganas de matar a mi marido y casi maté a mi hijo al agarrarlo por el cuello. Mi bebé tenía apenas un año y medio de edad y casi lo maté.

En ese momento en que intenté matar a mi hijo, había regresado nuevamente a la Universal, porque estaba cansada de tanto sufrimiento. M encontré con obreras y pastores que me ayudaron mucho, pero como estaba en proceso de liberación, viví con un conflicto dentro mío, y fue en uno de esos conflictos que intenté matar a mi hijo. En un momento de rabia, lo tomé del cuello con tanta fuerza que ya estaba en el suelo. Fue cuando sentí algo sacando mis manos de su cuellito.

No logro explicarlo con palabras, pero fue como si alguien estuviera empujando mis manos y librándonos tanto a él como a mí de tamaña desgracia. Comencé a llorar y me postré en el baño pidiéndole ayuda a Dios. Yo no quería eso para mí y para mi familia.

Fue una lucha tremenda para liberarme, pero, con sinceridad y determinación, vencí y he vencido.
Hoy tuve un encuentro con mi Dios, su Dios obispo, el Dios de mi amada Universal. Estoy bautizada con el Espíritu Santo, y el día que yo Lo conocí ¡fue el día más lindo e inolvidable de mi vida! Fue mucho más especial que el día que tuve a mi tan deseado hijo. Fue una mezcla de arrepentimiento, alegría, gozo, fuerza y un enorme deseo de no dejarlo, sino de hacer conocer a las personas a ese Dios al que yo había dejado, porque solo Lo conocía por oír hablar de Él, ¡pero que ahora conocía y conozco de hecho y de verdad!

Hoy no cambio a mi Señor por nada ni por nadie, jejeje… Él es todo para mí. Incluso teniendo el Espíritu Santo, tengo muchas luchas, pero las venzo a todas, y las que no vencí aún, sé que las voy a vencer, ¡pues Él está conmigo! ¡¡¡¡¡Aleluya!!!!! Pues está escrito que todos los nacidos de Dios vencen al mundo, ¿no es así, obispo? ¡Je!
¡Y yo nací y sé de Quién nací y en Quién he creído!

Discúlpeme por la inmensa carta, je… Pero hace mucho tiempo que el Espíritu Santo me estaba cobrando para hacer esto, ¡y yo no tenía palabras para describir lo que Él hizo y ha hecho en mi vida! Y al comenzar a pedirle dirección, al escribir, volví al pasado, sentí dolor y lloré en muchos recuerdos que describí aquí. Pero me alegré y lloré también, solo que de alegría al recordar de dónde me sacó mi Dios y dónde Él me ha colocado y, principalmente, de lo que Él me dio de más valioso: el “Espíritu Santo”, mi Amor mayor.

¡Gracias, mi Jesús, por tamaño amor y misericordia! Y gracias, obispo Macedo, mi querido y amado padre en la fe que, por su sacrificio, lágrimas y humillación, ha dejado que Dios lo usara para cambiar vidas como la mía y la de muchos.

¡Yo soy la Universal y no me avergüenzo de eso!
¡Felicitaciones, Universal, por los 37 años de vidas transformadas!
¡¡¡¡Y que venga el Templo de Salomón!!!!
¡En la expectativa!

Érika Teixeira, obrera de Soberana – SP

Obispo Macedo

www.bispomacedo.com.br/es

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