¡Todo comienza en el Altar!

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La mayoría de las personas que llega hasta nosotros viene trayendo una infinidad de cargas y problemas que la han hecho gemir y llorar durante años. Cuando esas personas llegan a la iglesia, traen en su interior la idea de que todo el sufrimiento se debe a ese problema, y eso las lleva a comenzar su lucha para resolver esa situación. Son corrientes, oraciones, ayunos, vigilias, propósitos, en fin, ellas hacen “de todo”, y lo peor es que la mayoría de las veces esas personas se frustran por no ver los resultados esperados en el tiempo esperado, pues lo que reciben es muy poco.

Y entonces viene la pregunta: ¿Dónde estoy fallando? ¿Por qué Dios no me responde?

La respuesta es simple: el mayor problema de ellas no es aquel problema que trajeron, ¡sino su problema en relación a Dios! ¡El Altar de esas personas está en ruinas! Y si no resuelven su problema con Dios, no van a resolver su problema en el matrimonio, con el hijo, con el dinero, etc.

La separación de Dios fue y será la mayor causa de la desgracia humana. Pero, lamentablemente, las personas se ciegan tanto a causa de las tribulaciones, que no logran ver que están perdidas.

Israel fue advertido durante más de 23 años por el profeta Jeremías de que sus pecados lo llevarían a la destrucción pero, en su rebeldía, insistía en no oír, lo que lo llevó a perderlo todo: su libertad, su dignidad, su paz, y lo peor, el Templo fue destruido, Jerusalén masacrada y el pueblo llevado al cautiverio donde gimió durante setenta años. Lea Jeremías 25:3-11.

Pasados los setenta años, Dios en Su infinita misericordia levantó a un rey, Ciro, el cual libertó a Israel de su cautiverio y lo mandó a que volviera a Jerusalén para reconstruir el Templo y la ciudad. ¡Dios le dio una oportunidad!

Y en su regreso, el pueblo entendió dónde residía el mayor problema: ¡en su separación del Altísimo! Sabían que de nada iba a servir que reconstruyeran la ciudad, los muros, sus casas, si primero no restauraban su relación con Dios, que estaba en ruinas.

Fue así que, al llegar, el pueblo de Israel no perdió tiempo. Lo primero a hacer era restaurar el Altar, pues, ¿cómo relacionarse con Dios sin el Altar? ¡Es imposible!

Cuando llegó el mes séptimo, y estando los hijos de Israel ya establecidos en las ciudades, se juntó el pueblo como un solo hombre en Jerusalén. Entonces se levantaron Jesúa hijo de Josadac y sus hermanos los sacerdotes, y Zorobabel hijo de Salatiel y sus hermanos, y edificaron el Altar del Dios de Israel, para ofrecer sobre él holocaustos, como está escrito en la Ley de Moisés varón de Dios. Y colocaron el Altar sobre su base, porque tenían miedo de los pueblos de las tierras, y ofrecieron sobre él holocaustos al SEÑOR, holocaustos por la mañana y por la tarde. Celebraron asimismo la Fiesta solemne de los Tabernáculos, como está escrito, y holocaustos cada día por orden conforme al rito, cada cosa en su día; además de esto, el holocausto continuo, las Nuevas Lunas, y todas las fiestas solemnes del SEÑOR, y todo sacrificio espontáneo, toda ofrenda voluntaria al SEÑOR. Desde el primer día del mes séptimo comenzaron a ofrecer holocaustos al SEÑOR; pero los cimientos del templo del SEÑOR no se habían echado todavía. Esdras 3:1-6

Todavía no había Templo, pero el Altar fue restaurado. Eso muestra que el comienzo del cambio no es el hecho de ir a la iglesia, ¡todo comienza en el Altar!

Todos los que deseen cambiar de vida no pueden perder más tiempo, tienen que comenzar por su Altar, o sea, su relación con Dios, pues mientras este esté destruido, la vida estará en ruinas.

¿Cómo está su Altar? ¿Restaurado o en ruinas? ¡¡¡Su vida muestra eso!!!

¡Que Dios nos ilumine para entenderlo!

Fuente: bispomacedo.com.br/es

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