El instinto salvador de los padres

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Como padre y consejero de padres, he observado las muchas maneras en que hemos impedido el progreso y madurez de nuestros hijos. Y una de las maneras es cuando intentamos salvarlos, cada vez que se meten problemas.

Un padre al que yo estaba aconsejando recientemente, tenía un problema con su hija de 24 años. Ella aun vive con su madre, se reúsa a buscar trabajo y no quiere terminar los estudios. Básicamente, vive a costas de su mamá, quien trabaja bastante y apenas consigue pagar las cuentas de su casa. Además de vivir aun con su madre y no querer ayudar con las cuentas, quiere que la madre le de dinero para cigarrillos, bebida, y para gastar cuando sale con sus amigos.

De vez en cuando, su hija se mete en problemas, sea porque necesita dinero para algo y no lo tiene, o bien,  porque le pidió dinero prestado a alguien y ahora está bajo presión para devolverlo. Sea cual sea el caso, lo que generalmente sucede, es que ella corre tras su madre y le dice: “Necesito dinero para…” entonces su madre, entre llantos y sermones, termina ayudándola siempre. Ese es el tipo de madre y padre que yo llamo “salvadores” de sus hijos. Ellos piensan que si no libran a sus hijos de los problemas, algo terrible podrá sucederles.

Todo padre tiene un instinto salvador. Es muy natural querer que su hijo esté bien y seguro. La diferencia es que los buenos padres aprenden a no librar a sus hijos de todo y cualquier enredo en el que se meten. Ellos entienden que una de las lecciones de vida más eficaces que pueden dar a sus hijos, es dejarlos fracasar y enfrentar las consecuencias de sus actos, de vez en cuando.

Si usted ha cometido este error, renuncie a ser el salvador de sus hijos. Su papel es enseñarles lo que es correcto y vivir usted, lo mismo que enseña (dar el ejemplo). El papel de ellos es seguirlo, para su propio bien.

Y si no lo hacen, deje que la vida les enseñe la lección, que no quisieron aprender de usted.

Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que por medio de ella han sido ejercitados.” (Hebreos 12.11)

(*) Texto extraído del blog del obispo Renato Cardoso.

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