El adulterio de David

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Uno de los puntos más admirables en las Escrituras es su transparencia con respecto a las fallas humanas. Podrían estar registradas solamente las actitudes de fe, pero, del principio al fin, están expuestos los pecados y las consecuencias que les sobrevinieron a los grandes y a los pequeños, sin distinción.

David, por ejemplo, tuvo el privilegio de ser conocido en su biografía como el “hombre según el corazón de Dios”. Eso, sin embargo, no quiere decir que él haya vivido en constante temor a Él. Los detalles de su caída no nos fueron ocultados, para que pudiésemos aprender con sus errores, sin necesidad de cometerlos.

Él ya estaba establecido en su reino con innumerables victorias y gran prosperidad. Pero, al pasar las lluvias de primavera, cuando los reyes salieron con sus tropas a la guerra, él prefirió descansar, enviando a un sustituto. Ocioso en su terraza del palacio, vio y deseó a la mujer de su más fiel soldado, Urías.

Entre la codicia y la concreción existe una tenue línea, respetada solamente por aquel que se mantiene vigilante en la fe. David adulteró con ella y, como resultado de esa relación, se produjo un embarazo no deseado.

Para ocultar su pecado, David mintió, planeó y, finalmente mandó a matar al marido de su amante.

Si hubiera sido en Brasil, el crimen cometido por David, hubiera tenido varias calificaciones dentro del Código Penal, lo que le hubiera ocasionado muchos años en la cárcel. Entre ellas estarían el “homicidio simple por ensañamiento, por placer, por codicia, sin darle chance de defensa a la víctima y con la intención de asegurar su propia impunidad.”

Aparentemente, nadie lo iba a descubrir o iba a probar su culpabilidad. Pero Dios vio y lo llamó para arreglar cuentas sobre la injusticia practicada. El adulterio que desencadenó tantos otros pecados le causó a David terribles problemas: la vida de Urías le costó la muerte de cuatro hijos, la misma pena que él le había sugerido a Natán para aplicarle al “hombre rico que le había robado la oveja al pobre”.

La desgracia en la vida de David comenzó con la muerte del hijo recién nacido de Betsabé. En seguida, así como el había traicionado, sufrió la traición potencializada en el seno familiar. Su hijo Amón estupró a la hermana, Tamar. Y el hermano, Absalón, al descubrirlo, se enfureció y lo mató.

Absalón se levantó contra el padre para tomar su trono. Conspiró con tanto odio que levantó al pueblo contra el rey. David fue obligado a huir del propio hijo. Además de eso, en la misma terraza del palacio donde el pecado comenzó, Absalón avergonzó al padre al tener relaciones sexuales con las concubinas. Sin embargo, en una batalla, acabó asesinado por Joab.

La espada no se apartó de la casa de David ni siquiera en el fin de sus días. Por medio de un golpe, el hijo Adonías sacó provecho de su vejez y debilidad para intentar usurpar el trono prometido a Salomón. Más tarde, sin embargo, fue asesinado.

El arrepentimiento de David trajo el perdón de Dios y borró las consecuencias eternas de sus actos. Sin embargo, las consecuencias terrenas no pueden ser borradas.

Tener la misericordia divina a nuestra disposición no significa tener libertad para pecar, pues la cuenta del pecado llega, y es demasiado alta.

Colaboró: Núbia Siqueira

Obispo Macedo

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