Los efectos de la agresión verbal

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En el momento de reprender es difícil controlar el temperamento. Muchos padres optan por levantar el tono de voz, pero esa no es la mejor estrategia para que sus hijos los escuchen y los obedezcan. Una investigación reveló que gritar puede ser tan perjudicial como golpear. Por ese motivo, lo ideal es que los padres utilicen otros métodos para disciplinarlos. Un estudio, realizado por las Universidades de Pittsburgh y de Michigan, fue publicado en la revista Child Development. Durante dos años, se analizaron las prácticas educativas de casi 2 mil familias estadounidenses. Entre las preguntas hechas a los padres estaba la siguiente: “el último año, después de que su hijo lo desobedeciera o hiciera algo malo, ¿con qué frecuencia usted le gritó, lo insultó, lo maldijo o le dijo que era un tonto, perezoso o algo parecido?” El 90% admitió haberle gritado y la mitad dijo que insultaron al niño.

Se observaron los efectos de esas reacciones agresivas. La mayoría de los adolescentes entre 13 y 14 años presentó síntomas de depresión y mal comportamiento, como rebeldía y vandalismo. Los investigadores se dieron cuenta de que esas consecuencias son las mismas cuando ocurre agresión física en la infancia. “Este es uno de los primeros estudios que indican que una dura disciplina verbal está damnificando el desarrollo del adolescente”, dijo el profesor de psicología y educación Ming-Te Wang.

Círculo vicioso

Los hijos tienden a repetir las actitudes que ven en casa. De ese modo, los padres deben estar atentos si están contribuyendo al comportamiento problemático de sus hijos. Hablar de una manera autoritaria, por ejemplo, genera enojo, resentimiento y miedo. Esos sentimientos negativos, a su vez, impiden que el hijo converse con sus padres, haciéndolo que confíe más en sus amigos. Según el disertante y escritor Renato Cardoso, exagerar en las exigencias, hacer comparaciones y avergonzar a los hijos son fallas que, además de causar conflictos en la relación familiar, refuerzan el ciclo de agresividad. Muchos padres, incluso, se comportan y educan a los niños como sus padres lo hacían en la época en la que eran pequeños, lo que no es correcto. “Tal vez usted quiera hacer lo correcto, pero no sabe cómo y entonces se queda recordando cómo sus padres lo trataban a usted, y le trae una disciplina a un niño que está en un contexto totalmente diferente y eso no funciona”, explica.

Aunque la situación se haya salido de control, es posible rescatar la confianza y la paz en el hogar. Evaluar la propia postura es el primer paso. Cardoso afirma que “cualquier persona puede exigir con palabras, pero ser un ejemplo para el hijo es mucho más difícil, pero es mucho más eficaz”.

Otro consejo es conocer bien a los hijos, sus gustos, sentimientos y aspiraciones. Tener un lazo de amistad con ellos permitirá el buen diálogo.

Y, si fuera necesario corregirlos, converse con calma y aclárele las consecuencias de sus errores. Es importante ser positivo y elogiar sus éxitos. De a poco, los hijos se sentirán cómodos para someterse a sus orientaciones. “Cuando los padres cambian y comienzan a actuar de manera correcta, los hijos también cambian”, concluye.

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