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¿Cuál es la diferencia entre los victoriosos y los derrotados, entre los que conquistan y los que siguen viviendo una vida atada? La razón está exactamente en el hecho de aceptar o no sus problemas.

Existen quienes aceptan ser humillados, traicionados, maltratados; otros aceptan enfermedades, un salario vergonzoso, una familia desunida…

Sin embargo hay quienes no aceptan de ninguna manera este tipo de cosas, y están preparados para hacer de todo para cambiar su suerte.

Por ejemplo, cuántas veces usted ya oyó hablar de personas que llegaron incluso a matar por no aceptar ser traicionadas o abandonadas – claro, no estoy, ni de lejos, diciendo que eso sea aceptable o correcto, sino solo mostrando los diferentes tipos de personas, y hasta qué punto están dispuestas a llegar por no aceptar algo en sus vidas.

No aceptar un problema es el primer paso para vencerlo. Los que lo aceptan, nunca, jamás lograrán ser victoriosos contra él.

Los que no aceptan los problemas son aquellos a quienes llamamos ‘indignados’.

La Biblia está llena de ellos y la Iglesia Universal, gracias a Dios, también. Son obispos, pastores, obreros y miembros indignados – basta ver la nube de testimonios que tenemos en nuestras iglesias.

Por eso, el primer paso para vencer un problema es no aceptarlo; pero una vez que me indigno contra el problema y decido no aceptarlo más en mi vida, ¿cuál es el segundo paso para resolverlo?

Es necesario imaginar y visualizar el problema resuelto y, claro, buscar una solución para él. Para eso existen médicos, abogados, profesores, consejeros, etc. Las personas los buscan cuando no aceptan una determinada situación en sus vidas.

Pero, ¿y cuando esas personas, o nadie más, desea o tiene el poder y las condiciones para ayudarnos? ¿Y cuando ya intentamos de todo y no logramos resolver ese determinado problema? ¿Qué hacer entonces?

Busque la ayuda de Dios. Él nunca falló, no falla y nunca fallará. Fue exactamente eso lo que los héroes de la fe (en la Biblia y en la Iglesia Universal) hicieron.

El obispo Macedo ha sido un indignado (no acepta los problemas que las personas han vivido) desde el comienzo de su ministerio, y será siempre así. Incluso, fue exactamente eso lo que lo hizo fundar la Iglesia Universal – la indignación pura y verdadera, no contra Dios, sino contra lo que el diablo ha hecho en la vida de muchos.

Y fue exactamente por eso que el Espíritu Santo nos dio, desde el principio de la Iglesia, la dirección para la Hoguera Santa de Israel.

En estos más de 37 años, hemos visto que los indignados cambian sus vidas. Personas que llegaron a la Universal sin nada, desanimadas, postradas, derrotadas, caídas… y que, a través del sacrificio, tuvieron sus vidas totalmente transformadas.

Pero claro, así como nosotros no aceptamos los problemas, Dios tampoco acepta cualquier sacrificio. Vea lo que sucedió con Caín:

Y aconteció andando el tiempo, que Caín trajo del fruto de la tierra una ofrenda al Señor. Y Abel trajo también de los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas. Y miró el Señor con agrado a Abel y a su ofrenda; pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya. Y se ensañó Caín en gran manera, y decayó su semblante. Entonces el Señor dijo a Caín: ¿Por qué te has ensañado, y por qué ha decaído tu semblante? Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta; con todo esto, a ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él. Génesis 4:3-7

Lea también el capítulo 1 de Malaquías.

Aquí vemos que lo que es aceptado por Dios no es nuestro sacrificio en sí, sino la persona que sacrifica. O sea, mi ofrenda, mi sacrificio me hace ser aceptado o no delante de Dios. ¡Esto es muy fuerte!

No basta presentar a Dios su sacrificio, es necesario que este sea aceptado.

¿Y cuál es el sacrificio aceptado por Dios? El sacrificio extraordinario. Solamente este tipo de sacrificio tiene el poder de cambiar su vida por completo.

Y digo más, cuando usted hace un sacrificio extraordinario, ahí es usted quien no acepta cualquier respuesta de Dios – tiene que ser exactamente lo que usted pidió, pues sacrificó a Dios exactamente lo que Él le pidió a usted.

¡Quien da, recibe!

¡Que Dios los bendiga!

Fuente: bispomacedo.com.br

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