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El ayuno nos prepara mejor para el Espíritu Santo. Nos vuelve más receptivos a Él y más inteligentes para percibir la dirección que Dios quiere para nuestras vidas.

Justamente para eso fue programado el Ayuno de Jesús, del 10 de junio al 19 de julio. Un período de 40 días que tendremos a Dios como enfoque principal, como ejemplo de lo que el propio Señor Jesús hizo en el desierto, preparándose para el Supremo Sacrificio.

La base de un ayuno es “mortificar” la carne y privilegiar el espíritu. “Pero, ¿Jesús para que necesitó hacer un ayuno?”, preguntan algunos. Él Mismo era Dios en carne, y Se retiró de las ciudades, de las multitudes, e incluso de Sus seres más cercanos para orar al Padre del cual Él mismo formaba parte.

Jesús también sintió hambre. Sintió sed. Sintió frío. Sintió soledad.

Él también pasó por tentaciones, hechas personalmente por el propio Satanás.

Los desiertos, incluso, eran escenarios muy apreciados en aquellos tiempos por los ladrones y los asesinos de viajeros solitarios.

Solo que Jesús venció. ¿Cómo? ¿Solo porque Él era Dios?

Sí y no. Claro que tenía poder para eso, pero puso Su lado carnal, Su lado humano, a prueba, privilegiando el espíritu. Y fue en el espíritu, no en la carne, que tuvo las armas más potentes contra el diablo – que pensó que debía ir personalmente a tentarlo, notando la fuerza que el Mesías estaba haciendo. Pero el guía de Jesús en el desierto no era un beduino, un habitante local que conocía como la palmas de su mano esas tierras. Jesús era guiado por el propio Espíritu Santo (Lucas 4:1).

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