Bautismo: el entierro de la naturaleza humana

bautismo

“… respondió Juan, diciendo a todos: Yo a la verdad os bautizo en agua; pero viene uno más poderoso que yo, de quien no soy digno de desatar la correa de Su calzado; Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego.” (Lucas 3:16)

Solo el Señor Jesús puede darle el Espíritu Santo a una persona, como la Biblia destaca en el versículo anterior. En aquella época, Juan el Bautista, anunciaba la venida de Cristo y bautizaba en las aguas a las personas que se arrepentían de sus pecados.

Cuando el Señor Jesús, en la condición de hombre, fue bautizado en las aguas por Juan el Bautista, el mensaje que quedó fue que el Señor Jesús había aprobado esa representación de la alianza del pueblo con el Creador.

Si observamos bien, hay una relación simbólica entre el bautismo en las aguas y el bautismo con el Espíritu Santo. Así como en el bautismo en las aguas la persona queda totalmente empapada por el agua, en el bautismo con el Espíritu Santo, la persona es inundada por la grandeza del Espíritu de Dios.

En ambos también hay tres elementos:

En el bautismo con el Espíritu Santo están el Señor Jesús, el propio Espíritu de Dios y la persona.

En el bautismo en las aguas están el pastor (representando al Señor Jesús), las aguas (representando al Espíritu Santo) y la persona, que en los dos casos es la misma.

Objetivamente, el acto del bautismo se refiere a la sepultura de la naturaleza humana que hay en el interior de una persona. En el caso del bautismo en las aguas se origina la “muerte” de los pecados y los deseos de la carne. Por otro lado, en el bautismo con el Espíritu Santo, se produce la “muerte” de los proyectos personales en favor de la voluntad de Dios.

La persona se dispone a participar de los deseos de Dios hacia la humanidad. Ella ya no es más indecisa con respecto a la verdadera misión de la vida, porque sabe que el valor en vivir solo puede encontrarse sirviendo a Dios.

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