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“¿Quién eres entonces? —le preguntaron—. ¿Acaso eres Elías? —No lo soy. —¿Eres el profeta? —No lo soy. —¿Entonces quién eres? ¡Tenemos que llevar una respuesta a los que nos enviaron! ¿Cómo te ves a ti mismo? Yo soy la voz del que grita en el desierto: “Enderecen el camino del Señor” —respondió Juan, con las palabras del profeta Isaías. Algunos que habían sido enviados por los fariseos lo interrogaron:” (Juan 1:21-24)

Juan el Bautista no perdía el tiempo y ni se preocupado por ser políticamente correcto. Él fue directo al grano y sin rodeos. Yo soy la voz del que clama en el desierto, haced esto: Poneos a bien con Dios.

Imagínate tú hablar eso con las autoridades religiosas de la época. Estás buscando pelea, ¿no? Pero el que es espiritual no lo ve así. Está claro que Juan el Bautista no estaba queriendo causar pelea “entre hermanos”, al contrario, él estaba tratando de acabar con esas peleas.

La hipocresía es una de las peores cosas que existen en este mundo.

  • Ricos y famosos no hacen caridad para ayudar a los pobres, sino para sentirse mejor consigo mismos (y ya uniendo el hambre con las ganas de comer, también lo hacen para dar un alza a su reputación personal).
  • Personas que dicen creer en Dios, pero viven como si todo lo que Él dijo no sirviera de nada… ¿qué problema hay en tener relaciones sexuales antes del matrimonio? ¿ que problema hay en llevar minifalda? ¿que problema hay en no congregarme en una iglesia? ¿qué problema hay en ir de vez en cuando a las discotecas?
  • Religiosos que imponen una carga sobre los demás que ellos mismos no llevan.
  • Obreras y esposas de pastores que se ofrecen a hacer todo lo que tiene que ser hecho en la Iglesia, pero están llenos de rencor y rabia dentro de ellas. Miran con malos ojos. No tienen ni una pizca de temor al hablar mal de otra persona de la misma fe…

Imagina que alguien viene a estas personas y les habla en su cara:

Usted está viviendo en pecado, arrepiéntete antes de que sea demasiado tarde.

Como mínimo, van a crear una cierta aversión hacia ti.  Pero una cosa es cierta, esa palabra martillará en la cabeza de ellos, día y noche. Alguien tiene que tener el valor de decir la verdad. El costo es alto, pero vale la pena cuando se piensa en el día en el que esa persona reconozca su pecado y se arrepienta.

Cristiane Cardoso

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