De hijos para padres: (In) Dependencia

independencia

Desde muy pequeña, a causa de las circunstancias, me volví independiente en casi todas las áreas de mi vida:

Cuidaba de mi casa, estudiaba y luego, cuando fue posible, conseguí un trabajo que me ayudaba a pagar mis propios gastos.

Y como era algo que no estaba acorde a mi edad, es decir, no me pertenecía; eso fue generando a lo largo de mi vida una “independencia” excesiva que me hacía capaz de tomar cualquier decisión relacionada a todo tipo de asunto. Y, esto me terminaba cansando ya que me hacía cargar pesos excesivos que me acompañaron a lo largo de la vida trayendo el peligro de desvirtuar los papeles dentro de la casa, con mis padres y más tarde en el matrimonio. Esta fue la dificultad que también tuve que ultrapasar.

A pesar de la independencia que generamos a lo largo de la vida, ser positiva para no depender de terceros también puede traernos muchos problemas cuando no es algo equilibrado porque nos vuelve demasiado autónomos, incluso de Dios.

Cuando me di cuenta que mi “independencia” ya no suplía mis necesidades sino al contrario, me rendí y percibí que ser dependiente de Dios me vuelve independiente en el espíritu.

Una de las cosas que más me llamó la atención en el libro de Nehemías, en el cual vamos a meditar, fue que su perfecta dependencia de Dios fue lo que lo hizo libre interiormente y lo capacitó para una obra extraordinaria.

“Cuando oí estas palabras me senté y lloré, e hice duelo por algunos días, y ayuné y oré delante del Dios de los cielos.” (Nehemías 1:4)

La independencia que aprendemos por la fuerza de las circunstancias nos sirve de experiencia. Las veces que necesitamos de terceros es pasajera pero la única dependencia que nos hace fuertes, persistentes y eternos es la que desarrollamos con Dios.

Por eso, hijos y padres debemos aprender a lanzar en Dios todos nuestros pesos que de alguna manera nos marcaron y acompañaron, y aprender a depender de Él en cualquier circunstancia pues nuestra fuerza es limitada. Si no fuera así, ya hubiéramos alcanzado todas las respuestas que necesitamos.

¿Saben de lo que me acordé? Cuando estaba cerca de mi papá y atenta para escuchar sus enseñanzas; fueron ellas las que me dieron algunos de los fundamentos del carácter que tengo hasta hoy. Era muy bueno.

Y, ¿cuándo me siento para oír las enseñanzas de Dios? ¿cuándo descanso en su Palabra? ¡Qué tranquilidad! ¡Qué paz! Solamente Él tiene la capacidad de aliviar el peso total de aquello que muchas veces nosotras nos permitimos cargar.

Su yugo es suave y su peso es ligero porque no están basados en sentimientos y emociones sino en la fe. Y, la fe no nos hace sufrir sino que genera confianza y perseverancia.

Un desafío: Vamos a lanzar todas nuestras cargas a los pies de Jesús y a depender solamente de Él.

Colaboró:

Andreia Petrucci

Fuente: vivifreitas.me/es

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