Después de 20 años, la profecía se cumplió

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Apreciado obispo Macedo:
Es con mucha alegría que me dirijo a usted para agradecerle y para relatarle un testimonio de fe.

Hace algunos años, tuve la oportunidad de trabajar a su lado durante dos años en EEUU.
En esa época, mi padre todavía no era ni siquiera simpatizante de la iglesia ni, principalmente, de usted… En realidad, ¡lo odiaba!

En mis tiempos como obrera eso causó muchos problemas en mi vida, como por ejemplo a los 16 años cuando me convertí, y él me expulsó de casa por el hecho de ser de la Universal. Siempre estudié en colegios privados, lo tenía todo, sin embargo, una vez más su odio hacia la iglesia lo provocó al punto de sacarme del colegio en el que había estudiado toda la vida, para ponerme en un colegio público. Todo eso por causa de mi fe.
Él me decía: “Puedes ser una prostituta, ¡pero lo que no admito es que vayas a esa iglesia! Si vas, te echo de casa, ¡quiero ver a ese Dios librándote de mis manos!
Y así lo hizo, ¡me echó de casa!

Fui a vivir de favor durante un año a la casa de la persona que me llevó a la iglesia. Era una humillación muy grande vivir de favor, sabiendo que lo tenía todo en casa, siempre que negara mi fe.

Algún tiempo después, mi madre tuvo un tumor en el cerebro y tenía que ser operada, pero yo sabía que si eso sucedía, ella no iba a quedar normal. Por eso, yo no aceptaba esa situación.
Nadie en mi familia aceptaba mi conversión en la Universal, estaba sola, sola con Jesús. Algunos años después logré un buen empleo de azafata en una empresa reconocida, y el hecho de ir a la iglesia era un absurdo para mi familia, por ser una familia de militares, pilotos y aeronáuticos, principalmente para mi padre, que llegó al punto de llamar al psicólogo a casa para ver si yo era “normal”.

Pero claro que no estaba mal, era mi fe en Dios la que prevalecía, ¡era en Él que yo tenía la certeza de mi victoria!
Sin embargo, aún no había sucedido lo peor…
Cuando decidí hacer la obra de Dios en el Altar, fue cuando mi padre manifestó realmente.
Encontré al hombre que Dios preparó para mí, el que hoy es mi esposo, y entonces sí que viví una lucha sin precedentes. Él fue a la iglesia varias veces para golpear al pastor, y lo golpeó. Intentó romper la moto de mi esposo, casi llegó a matarme disparándome con un arma… ¿Y cuando me vio barriendo la iglesia?
Ah, ¡entonces sí que fue un problema!
Y decía: “Nunca hiciste nada en casa, siempre lo tuviste todo, y ahora estás barriendo esa iglesia de Edir Macedo?” Obispo, disculpe estas palabras, me dolían, pero eran las que él pronunciaba. Demostraba un profundo odio hacia usted.

Obispo, si contara realmente todo lo que sucedió, alcanzaría para escribir un libro.
Pero, ¿por qué relaté todo esto?
Porque en estos días él partió. Y yo obtuve una de las mayores victorias, después de casi 20 años de oración, ayunos y sacrificios. La profecía se cumplió. Yo tenía la certeza de que el diablo no se iba a llevar esa alma.
Y así fue… Lamentablemente él conoció a Jesús en un lecho de dolor, la carne perece, pero lo más importante es su alma, es la Salvación.
En una oportunidad, mi esposo tuvo la felicidad de bautizarlo en las aguas.

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Incluso manifestó un cariño hacia usted en sus últimos días, jeje.
Sé que usted no necesita elogios, pero es muy fuerte lo que sucedió, ¡cómo cambia una persona cuando encuentra a Jesús! Es impresionante la grandeza de Dios.

Hoy mi madre está curada del tumor, fue sanada en la iglesia, sin necesidad de la intervención quirúrgica. ¡Aleluya!
Es una mujer completamente convertida, libre de los vicios y sierva de Dios, mi hermana es fiel a Dios, casada y feliz, gracias también a una orientación que usted le dio en Atlanta.

En fin: ¡Yo y mi casa servimos al Señor!

Obispo: gracias por sus oraciones y por su amor incansable por las almas. Fue ese amor el que salvó a mi padre. Fue ese amor el que me encendió la fe que me impulsó a luchar por él y a sumarme a ese ejército maravilloso que amo tanto, ¡que se llama IGLESIA UNIVERSAL!

Un abrazo obispo. ¡Muchas gracias!
¡Que Dios lo bendiga a usted y a toda su familia!

Bianca Agostini, esposa de pastor.
Cali, Colombia.

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