El cielo: lugar de morada eterna

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El Señor Jesús, durante la Última Cena, consoló a Sus discípulos, hablándoles al respecto del maravilloso porvenir que les esperaba, el hogar celestial, la casa del Padre: “En la casa de Mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, Yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros.” (Juan 14:2)

Este es solo uno de los versículos bíblicos que nos aclara la realidad innegable de la vida después de la muerte, y, en relación a esta cuestión, es necesario entender, a la Luz de las Sagradas Escrituras, cuatro temas básicos: cielo, infierno, purgatorio y resurrección.

El cielo

En la Biblia, diversos vocabularios son traducidos como el “cielo”. Es el caso de Shamayim, del hebreo, y uranos, del griego, entre otros.

Algunos pueblos de la Antigüedad, al igual que los babilónicos, los egipcios e incluso los judíos, creían en la existencia de los siete “cielos”, que reflejaban sus características culturales y religiosas. En el tiempo del Señor Jesús aquí en la Tierra, era común la creencia en tres tipos de “cielo”:

1.- Aquel en el cual vuelan las aves y donde están las nubes: “Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre Celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?” Mateo 6:26

2.- El espacio donde están las estrellas: “E inmediatamente después de la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las potencias de los cielos serán conmovidas.” Mateo 24:29

3.- El lugar donde está Dios, la verdadera mansión celestial: “Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás Conmigo en el paraíso.” Lucas 23:43

El Señor Jesús, después de Su muerte, descendió al corazón de la Tierra, al infierno, pero no para predicarles a los demonios, sino para gritar, lleno del poder del Espíritu Santo, Su victoria contra la muerte y la eterna liberación de la seducción de las fuerzas del diablo: “… Estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades.” (Apocalipsis 1:18)

“Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu; en el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados, los que en otro tiempo desobedecieron, cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé…” (1 Pedro 3:18-20)

Cuando subió a los Cielos, el Señor Jesús llevó cautiva la cautividad: “Por lo cual dice: Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres. Y eso de que subió, ¿qué es, sino que también había descendido primero a las partes más bajas de la tierra? El que descendió, es el mismo que también subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo.” (Efesios 4:8-10)

Los textos se refieren a las almas que estaban descansando en el Seol o Hades. Así, las almas justas que estaban en las regiones más bajas de la Tierra fueron transportadas a las regiones celestiales.

En otras palabras, el Señor Jesús sacó del Hades a los salvos que aguardaban el gran momento y los llevó a las mansiones celestiales, a los tabernáculos eternos, en donde aguardarán, en la presencia de Dios, el cumplimiento de todas las cosas. El Paraíso ahora está en el tercer Cielo, en la presencia de Cristo.

Prometiéndole al ladrón de la cruz que en aquel mismo día estaría con Él en el Paraíso (Lucas 23:43), el Señor Jesús le estaba reafirmando, no solo a él, sino a toda la humanidad, el compromiso de garantizar a los que en Él creen la inmediata bienaventuranza eterna al instante que dejaran esta vida: “Pero confiamos, y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor.” (2 Corintios 5:8) “Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor.” (Filipenses 1:23)

Las personas que están allí son consoladas y hasta pueden clamar en voz alta. Viven en un estado mucho mejor que los hombres más felices de la Tierra: “Pero Abraham le dijo: Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes, y Lázaro también males; pero ahora este es consolado aquí, y tú atormentado.” (Lucas 16:25)

El Cielo no es una idea, sino una realidad. Es un estado de vida, un lugar que no está limitado por parámetros humanos; una condición de eterno fluir, en la presencia de Dios, compartiendo con Él Su reino, Su poder y Su gloria para siempre.

Foto: Thinkstock

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