El ejemplo de Ana

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La mujer de Dios es sabia, sensata, sabe mantenerse callada y busca sumar para la obra de Dios; nunca disminuir. Es discreta, no aparece. Su convivencia, intimidad y relación con Dios hace de ella una mujer sabia, una mujer de Dios.

Su hermosura y gracia están justamente en temer al Señor; su fuerza está en el servicio a Dios.

Normalmente es el hombre quien aparece en el púlpito, predicando la Palabra de Dios, orando, en la televisión, en el periódico, en la radio, etc. Sin embargo, es innegable que por detrás de un hombre de Dios existe una mujer de Dios.

Un hecho ilustrativo de esa realidad es que todo primer ministro del Estado de Israel, si pierde a su esposa, se aparta del cargo. Prefiere renunciar a ser un primer ministro sin esposa, porque ella es su apoyo, su mano derecha, la persona que le da fuerzas para continuar la lucha por su pueblo.

La Biblia nos habla sobre Ana. Humillada, por ser estéril, clamó a Dios y recibió la gracia de ser madre. Su primer hijo, el cual se convirtió en el gran profeta Samuel, lo entregó a Dios. Honró al Señor con lo mejor que tenía. Ana es un ejemplo de fe, de mujer de Dios, porque confiaba en Él y sabía que el Señor le daría más hijos. Y eso fue lo que sucedió. Ana, de humillada pasó a ser una mujer adorada, tanto que hasta hoy hablamos de ella.

Tal vez este sea su problema. Tal vez usted, esté siendo humillada durante muchos años. Tal vez llora todos los días en su almohada, porque ve a otras mujeres viviendo con hijos, marido, y usted sola, abandonada. Tal vez ya haya sido engañada por un hombre no sé cuántas veces y, hoy, es esa mujer humillada y solitaria. Ana aún tenía el consuelo de su marido, pero usted tal vez no tenga ni ese consuelo. Tal vez sea una madre soltera, o una mujer que fue abandonada y avergonzada por su propio marido.

Esta lección sirve también para los muchachos. La Biblia dice que todos los años que Ana subía a la casa del Señor, no hacía otra cosa que llorar. Ni comía. Ayunaba y lloraba delante de Dios. Su marido le dijo: “Ana, ¿por qué lloras? ¿por qué no comes? ¿y por qué está afligido tu corazón? ¿No te soy yo mejor que diez hijos?” En aquella época la mujer que no tenía hijos era la más infeliz del mundo, porque el sentido de su existencia era definido por dar a luz hijos. Y Ana era estéril. Dice la Biblia que, con amargura de alma, Ana se levantó y oró al Señor, llorando abundantemente: “… si te dignares mirar a la aflicción de Tu sierva, y Te acordares de mí, y no Te olvidares de tTu sierva, sino que dieres a Tu sierva un hijo varón, yo lo dedicaré al Señor todos los días de su vida, y no pasará navaja sobre su cabeza…” 1 Samuel 1:11

Dios honró a esa mujer, a causa de esa oración, pequeña, pero sincera, de gran valor, porque salió de lo más profundo de su alma.

Esa es la oración de la persona de Dios, no solo del hombre, sino también de la mujer. Haga esa oración, amiga lectora, y verá que su humillación, por ser soltera, madre soltera, mujer abandonada, triste, tendrá un fin. Usted será feliz.

Que Dios los bendiga a todos, abundantemente.

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