ilusionista

No es ninguna novedad pero a veces es bueno recordarlo: hay buenas y malas personas en el mundo. Y a cada día que pasa, tengo la impresión de que las buenas están disminuyendo.

No me refiero ni siquiera a los malvados latentes y descarados. No, no son los pedófilos, abusadores, terroristas, asesinos, ladrones o traficantes los que me preocupan. Estos, por lo menos, son malvados asumidos. Es más fácil precaverse contra ellos. Lo que me mueve el estómago son los malvados disfrazados de muchachitos. Estos sí, son verdaderos desoves del propio diablo:

«Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz. Así que, no es extraño si también sus ministros se disfrazan como ministros de justicia; cuyo fin será conforme a sus obras.» 2 Corintios 11:14-15

El diablo hizo de la ilusión, un arte. Él es el verdadero ilusionista y les presta ese don a sus cachorros, que van engañando a los desatentos con sus mentiras. Usan las cosas buenas para hacer mal. Se aprovechan de la buena fe de las personas para crear religiones. Usan el amor para arrebatar corazones carentes. Levantan la bandera de la caridad para embolsar dinero público. Crean y usan leyes para legalizar sus corrupciones.

Es el tipo de maldad que más prolifera. Una de las razones de por qué estos ilusionistas se multiplican es porque las personas buenas son muy ingenuas.

Quien es del bien tiene que estar atento. Nuestro error muchas veces es olvidarnos de que hay personas muy, muy malas en el mundo; es no estar alertas a los lobos voraces vestidos de corderitos. “Yo los envío como corderos en medio de lobos,” Jesús avisó. “Sean prudentes como serpientes…” En otras palabras, su inocencia y bondad no les servirán de protección. Es como Ronald Reagan dijo una vez: “Confía, pero verifica.”

Hay muchos ilusionistas por ahí. Abra los ojos.

Obispo Renato Cardoso.

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