El secreto de la victoria

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La fe es algo demasiado precioso para los que la utilizan para vivir; de hecho, es la parte de Dios que traemos dentro de nosotros, y, por eso mismo, todo se hace posible para el que tiene esta certeza dentro de su corazón.

Suelo decir que la fe es algo extremadamente importante; aun así, puede servir tanto para nuestra victoria como para nuestra derrota.

Tal vez el lector considere cierta incoherencia de nuestra parte, pero una fe sin ningún tipo de disciplina bíblica, puede hacer de la vida de alguien un verdadero infierno. Imagine si las personas de fe comenzaran a pedirle cualquier cosa a Dios, sin ninguna regla o sin que sea Su plena voluntad?

¿Cuántas veces pensamos estar deseando algo limpio y honesto y, cuando lo alcanzamos, comprobamos cuán desastroso fue para nosotros? ¿Cuántas personas se casan por la fe, con la esperanza de llevar a su esposo o a la esposa a la Iglesia en un futuro próximo y eso nunca sucede; y cuando menos lo esperan, ellos mismos se pierden.

La gran verdad es que debemos poner nuestros deseos y objetivos según la voluntad de Dios, y permitir que Él tome las riendas de nuestros blancos. Esta es la razón por la cual el Rey David afirmó: “Encomienda al Señor tu camino, confía en Él y Él hará.” (Salmo 37:5)

Si por un lado la fe indisciplinada puede traer disgusto, por otro, si es disciplinada según la voluntad de Dios, hará que el cristiano sea como el Apóstol Pablo, ¡que llegó incluso a confundir a los sabios de la época y a cambiar el curso de la historia, con su testimonio de Jesucristo!

La Biblia afirma que sin fe es imposible agradar a Dios; por lo tanto, es necesario que el que se acerca a Dios crea que Él existe y que recompensa a los que Lo buscan (Hebreos 11:6).

Es innumerable la cantidad de personas que pasan las noches en vigilias, ayunos y oraciones; sin embargo no logran tener la absoluta certeza de haber estado en Su presencia. Es que se martirizan, contando sus pecados, sus fracasos, narrando su pasado y, por ende, se olvidan de lo que es estar en la presencia de Dios.

Aun así, debemos saber orar y pedir como conviene. Y el propio Señor Jesús oró, diciendo: “Padre… no sea hecha Mi voluntad, sino la Tuya.” (Lucas 22:42)

Para alcanzar todas las bendiciones de Dios, delante de Su presencia, debemos focalizar la fe en el Señor Jesús, con la plena certeza de que Él está dándole atención a nuestras oraciones, entiende nuestras fallas y nuestros problemas y que, por los méritos de Su Hijo Jesús, ¡nos atenderá! De esa manera es que nos acercamos a Dios; no preocupándonos por nuestros fracasos y pecados, pues ya fueron cancelados al confesar al Señor Jesús, que, a través de Su sangre, hace posible el perdón.

Para entrar en la presencia de Dios en oración, primeramente, debemos reconocer la total soberanía del Señor Jesús y adorarlo. Esto no es absolutamente difícil. Contemplarlo significa quedar callado en Su presencia y escuchar lo que el Espíritu Santo tiene para decir, sin balbucear ninguna palabra, sino solamente amarlo con el corazón lleno de gratitud.

La oración tiene que ser específica para que, entonces, comprobemos sus frutos; sin embargo cuando una persona está enferma, perturbada y oprimida viene en busca de ayuda en oración, no sirve que nos quedemos pidiéndole a Dios que tenga misericordia de ella y que haga un milagro en su vida porque eso no funcionará para liberar a aquella criatura. ¿Por qué? Porque la misericordia de Dios ya fue enviada y concedida a través del sacrificio del Señor Jesús en la cruz; y porque lo que nosotros tenemos que hacer, Dios jamás lo hará.

Solo Él hace lo que nosotros no podemos hacer. No debemos orar a Dios para expulsar los espíritus inmundos de aquella persona, sino para liberarla en el Nombre de Jesús.

En Mateo 10:8, encontramos el secreto de la victoria sobre los espíritus inmundos, dolencias y enfermedades. Dijo Jesús: “Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia.” Él no ordenó que se hicieran oraciones para curar a los enfermos y endemoniados, sino que nos dio orden para curarlos, liberarlos, etc. Esta es la llave del éxito de la Universal. Nosotros no oramos a Dios por los enfermos, ni pedimos para que Él libere al oprimido, ¡no! ¡En absoluto! ¡Ordenamos que los espíritus inmundos dejen aquella criatura en el Nombre del Señor Jesús!

¡Que Dios lo bendiga abundantemente!

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