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“Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros.” 2 Corintios 4:7

El Espíritu Santo es eso. Un tesoro en vaso de barro (que es nuestro cuerpo). Cuando Lo recibimos, no dependemos más de nuestras propias fuerzas. ¿Para qué intentar pelear con la fuerza de nuestro brazo? ¿Para qué hacer justicia con las propias manos, si la excelencia del poder es de Dios? Nadie mejor que Él para defendernos y fortalecernos. Nadie mejor para hacer justicia, para guiarnos, para poner las cosas en su debido lugar.

Nadie mejor para ayudarnos a liderar a quien depende de nosotros, a extender la mano a quien necesita. No hay nadie mejor que Él para sustentarnos. Él es el Tesoro; nosotros, meros vasos de barro. Para que les quede claro a todos que si existe algún poder en nosotros, viene de Él.

Los siguientes versículos describen la fuerza que obtenemos de ese poder y cómo Él nos sustenta: “… que estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos.” 2 Corintios 4:8-9

En TODO somos atribulados. Los problemas que surgen y nos amenazan podrían incluso vencernos u oprimirnos, si estuviésemos vacíos. Pero miramos dentro de ese vaso de barro y vemos el Tesoro, tenemos la confianza de que en Él existe el poder para vencer cualquier tribulación. Entonces, de esa confianza, viene la paz, que no permite que las tribulaciones se conviertan en angustia.

En TODO estamos en apuros. No es raro que nos sorprendamos negativamente con alguna situación o con la reacción de alguien. Podemos estar en apuros, pero miramos hacia el Tesoro dentro de nuestro vaso de barro y tenemos la más absoluta convicción de que todo va a salir bien. Entonces, de esa certeza, de esa fe, sacamos la fuerza que no deja que el apuro se transforme en desesperación.

En TODO somos perseguidos. No importa lo que hagamos, los vasos de barro que no tienen el Tesoro tienen en su interior una suciedad que los impulsa a mirarnos de la peor manera posible. Entonces, es normal que seamos perseguidos, que seamos víctimas de injusticias, que seamos malinterpretados, o incluso ridiculizados. Pero vemos el Tesoro en el vaso de barro y sabemos que no estamos solos.

Y nuestro Tesoro nos escogió. Él nos conoció y nos amó. Él sabe quiénes somos. Él no nos interpreta mal, no nos mira con malos ojos. Él nos da la capacidad de perdonar a quien nos ofende. De bendecir a quien nos persigue. Entonces, de ese amor, viene el consuelo que no deja que la persecución se transforme en desamparo. Por lo contrario, cuanto mayor es la persecución, más cerca estamos de nuestro Tesoro.

En TODO somos derribados. Las guerras que se levantan, los momentos en los que colocamos nuestro rostro en el polvo. Los minutos en los que lavamos el piso del baño con nuestras lágrimas, o cuando gritamos en silencio, contritos, rasgando nuestra alma delante del Altar.

Entonces vemos dentro del vaso de barro, ese firme y resplandeciente Tesoro – y sabemos que Él es nuestra estructura. Estamos afirmados en la Roca. En nuestra Piedra Preciosa. Jamás ninguna caída nos traerá destrucción, pues fuimos construidos en Él.

Atribulados, pero no angustiados; en apuros, pero no desesperados; perseguidos pero no desamparados; derribados, pero no destruidos.
A causa de nuestro Tesoro.

Somos vasos de barro en medio de tantos vasos de barro… más de siete mil millones de vasos de barro en este mundo. ¿En cuántos de ellos podemos encontrar este Tesoro tan precioso y necesario? ¿Cuántos vasos de barro sedientos, quebrándose de tan secos, están necesitando ese revestimiento interno?

Muchos no se dan cuenta de que las tribulaciones, los apuros, las persecuciones y las caídas vendrán, tarde o temprano. Pero solo los vasos de barro que poseen dentro de sí ese Tesoro son capaces de soportar. Esos vasos saben que la excelencia del poder que los sustenta viene del Tesoro, y no del barro. Y por eso valoran Lo que recibieron. Y son valorados por Él.

Fuente: bispomacedo.com

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