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Como Autor y Consumador de la fe, el Señor Jesús es glorificado cuando esta es ejecutada. Ese tipo de fe es diferente de la creencia usada en la Salvación. Veamos:

Alguien predica: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él. Juan 3:36

Entonces, aquellos que, oyendo la prédica, creen en el Señor Jesús reciben la vida eterna al instante. Sin embargo, esto es solo el primer paso. ¡Es necesario dar el segundo para tomar posesión de la vida eterna! No basta tan solamente creer: ¡es necesario avanzar y desarrollar esa creencia!

Es necesario combatir el buen combate de la fe a cada instante. Sabemos que a cada momento las dudas diabólicas avanzan contra nuestra mente; y no solo eso, sino también los miedos, las preocupaciones y las ansiedades.

Todo lo que viene contra la fe necesita ser inmediatamente combatido con la propia fe. Y en ese ejercicio continuo de resistencia al mal, por la fe en el Señor Jesucristo, es cuando viene nuestra victoria diaria y la gloria de nuestro Señor. Por esa razón, el autor de la epístola a los judíos cristianos dice:

“Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el Autor y Consumador de la fe…” Hebreos 12:1-2

Este “peso” son las dudas, los miedos, las preocupaciones y las ansiedades. Pero, volviendo a la carta a la iglesia en Pérgamo, el Señor Jesús dice: “…y no has negado Mi fe…” Apocalipsis 2:13

¡Esta fe del Señor Jesús es la fe que cada uno de nosotros necesita tener para poder soportar todas las pruebas y mantenerse firme! Fue con este tipo de fe que el apóstol Pablo dijo:

“Porque yo por la ley soy muerto para la ley, a fin de vivir para Dios. Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y Se entregó a Sí mismo por mí.” Gálatas 2:19-20

El apóstol estaba crucificado con el Señor porque vivía en la fe del Señor Jesús. Y los cristianos en Pérgamo entendieron esto y no negaron esta fe. Vivir la fe del Señor Jesús es vivir de acuerdo con Él a cada momento; es vivir en Él, exhalando Su fragancia.

El Señor Jesús dijo: “… El que me ha visto a Mí, ha visto al Padre…” (Juan 14:9). Es justamente esto lo que tiene que suceder con quien vive en la fe del Señor Jesús. El cristiano necesita vivir de tal forma que las demás personas puedan ver al Señor por medio de él.

A pesar de que el Señor Jesús haya reconocido la fervorosa fe de la iglesia de Pérgamo, esto no sirvió de ninguna forma para evitar la serie de reprensiones a los pecados allí existentes.

Además, es esto lo que ha sucedido con muchos cristianos: por un lado, han manifestado una fe intrépida, pero, por otro, han presentado gravísimos errores, incluso pecados que no pueden ser soportados.

Las muchas pruebas por las cuales los cristianos en Pérgamo pasaron, a causa de la fe en el Señor Jesús, fueron resistidas debido a la armadura de Dios, que colocaron en práctica.

Después de todo, el propio Señor Jesús es quien tiene la espada que traspasa todas las corazas del enemigo. ¡Y aquel que Lo tiene en el corazón se vuelve invencible! ¡En la fe del Señor Jesús somos más que vencedores y aplastamos el trono de Satanás!

Pero la victoria exterior de la iglesia en Pérgamo no reflejaba lo mismo en su interior, pues el Señor la censura, diciendo: “Pero tengo unas pocas cosas contra ti…” Apocalipsis 2:14

Quiere decir que mientras que algunos cristianos, en Pérgamo, resistieron de una manera gloriosa al enemigo exterior, ¡cedieron delante del enemigo interior! Justamente allí está la mezcla fatal: ¡victoria y derrota!

Es la vieja historia de las zorras y las zorritas. Un hombre plantó una viña y la cercó con alambre de púa, para impedir la entrada de las zorras, pero las zorritas, consiguieron pasar por los agujeros, que más les causaban daño al viñedo.

Muchos cristianos se preocupan por no robar, no matar, no adulterar, no codiciar las cosas ajenas, en fin, están siempre vigilantes en cuanto a las grandes zorras.

Sin embargo, las zorritas pasan casi desapercibidas: las mentiras y los engaños supuestamente insignificantes, las llamadas medias-verdades, que son también medias-mentiras, los deseos en el corazón, sombríos y oscuros, los pequeños sentimientos de envidia y de rencor, los ojos altivos y codiciosos, el orgullo, la prepotencia y la vanidad.

En fin, todo aquello que no se puede notar con los ojos físicos, pero que destruye la comunión íntima con el Espíritu Santo. Pero, después de todo, ¿qué tenía el Señor Jesús contra aquellos cristianos de Pérgamo?

“Pero tengo unas pocas cosas contra ti: que tienes ahí a los que retienen la doctrina de Balaam, que enseñaba a Balac a poner tropiezo ante los hijos de Israel, a comer de cosas sacrificadas a los ídolos, y a cometer fornicación. Y también tienes a los que retienen la doctrina de los nicolaítas, la que Yo aborrezco.” Apocalipsis 2:14-15

Está claro que no todos los cristianos de Pérgamo sustentaban la doctrina de Balaam y la de los nicolaítas; pero los que no lo hacían por lo menos se volvieron cómplices, solo por el hecho de soportar en su medio a los que procedían así.

El Señor nos enseña aquí que no solo basta que evitemos la práctica de las obras de la carne, sino que también nos separemos de los que las practican. Es como dijo el apóstol Pedro: “… sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque Yo soy santo.” 1 Pedro 1:15-16     

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