El tirador de piedras

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Es la historia de un hecho curioso que ocurrió en el tiempo en que Saúl era el rey de Israel, y el sabio profeta Samuel lideraba espiritualmente al pueblo.

Cuenta la historia que un día tres muchachos tiraban piedras, junto a las montañas de Judea, la práctica de tirar piedras con la honda, una especie de resortera, que servía como un arma contra los animales salvajes.

Uno de ellos era cazador, el otro era tejedor y el tercero tocaba el arpa. Con mucha velocidad las piedras salían de la honda e iban zumbando hasta la ladera de la montaña.

Sin embargo, quiso la fatalidad que una de ellas diese directamente en el rostro de un pastor distraído que, rodeando la montaña, entró sin saber que esa era la zona de tiro. La piedra generó inmediatamente un gran hematoma sobre el ojo del hombre.

Indignado con lo ocurrido, no aceptó cualquier disculpa y llevó el caso ante el profeta Samuel, que juzgaba al pueblo en el templo.

-Esos muchachos me causaron mucho daño. Según lo determina la Ley de Dios, dada a Moisés en el desierto del Sinaí, exijo que quien irresponsablemente lanzó la piedra sea, de la misma manera, herido sobre el ojo, sufriendo el mismo daño que me hizo, dijo la víctima.

El profeta estaba delante de una causa simple de ojo por ojo, diente por diente. Pero había una duda.  Como las piedras habían sido lanzadas al mismo tiempo, no se podía definir de qué honda había salido la que lo lastimó al hombre.

El profeta, por lo tanto, determinó que el tejedor, por ser más grande y más fuerte de los tres, recibiese la pedrada sobre el ojo.

-Mi señor, sabia es tu palabra, porque viene de la Ley de nuestro Dios. Por eso, pido que tengas misericordia. Soy tejedor y necesito mucho de mis ojos para ejercer el oficio que me da el sustento. Sabemos que el cazador, cuando estira su arco para disparar la flecha que alcanzará a su presa cierra uno de los ojos. Entonces, como solo necesita de uno para ejercer su profesión, que sea él quien reciba la pedrada, argumentó el muchacho.

El profeta estuvo de acuerdo y determinó que la sentencia recaiga sobre el cazador.

-Mi señor, ¿quién soy yo para oponerme a la sabiduría de tus palabras? Si yo debo sufrir el daño, que se cumpla en la vida de tu siervo. Me gustaría recordarle, mientras tanto, que aunque cierre uno de mis ojos cuando estoy por tirar la flecha, al deslizarme por el bosque, necesito de los dos, para defenderme de las fieras que quieran atacarme. Se sabe que quien toca el arpa, no corre ningún peligro en su oficio, al tocar su instrumento cierra ambos ojos, para concentrarse en el sonido de las cuerdas afinadas. Entonces, como no hace falta ni siquiera uno de los ojos para realizar su tarea, que él cumpla la sentencia, refutó el segundo muchacho.

En ese instante, el tocador de arpa, que era más joven y menor que los otros, al ver que no tenía a quien pasarle la sentencia, viendo venir sobre él el peso y dolor de la sentencia, con sabiduría exclamó:

-Mi señor, profeta de Israel, ¿de qué le servirá a este pastor que yo sufra con el dolor de la pedrada sobre los ojos? De casualidad, ¿no le sería más provechoso que el tejedor le prepare una capa, con la mejor y la más gruesa lana de carneros, para servirle de resguardo contra el frío que hace en las noches del desierto? De la misma manera, que el cazador le prepare un suculento plato de caza de campo, que le renueve las fuerzas y así pueda descansar de todo el trastorno que sufre, sugirió el arpista.

Esta idea le gustó a la víctima que expresó entusiasmo y alegría.

-Pero y tú, sabio muchacho, ¿cuál será tu parte en la sentencia que indemnizará el daño de la víctima?, indagó el hombre de Dios.

-Le pido a mi señor que considere mi contribución el hecho de haber encontrado el camino para la paz, alegrando a la víctima y ahorrando el dolor a los que sin intención le causaron daño, respondió él.

El profeta Samuel, impresionado con la respuesta del muchacho, cambió la sentencia y nadie tuvo que sufrir el dolor de la pedrada.

Algunos años más tarde, el joven arpista con su habilidad de tirar piedras con la honda, mataría al gigante Goliat en una memorable batalla. Con su sabiduría y simplicidad, se volvió, en poco tiempo, el más famoso y amado rey de la historia de Israel.

Cuando el castigo recae sobre alguien, están los que intenta pasarlo a otro, y están los que intentan encontrar una salida mejor. En esta historia, aprendemos que siempre existe una manera honrada y digna de enfrentar las consecuencias de nuestros errores. Que el Señor nos ayude a encontrarla.

Fuente:  arcauniversal.com.ar

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