El valor de la apariencia

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Hace unos días, al conversar con una amiga sobre la resistencia que algunas personas tienen sobre cuidar bien de su apariencia, me acordé de un hecho que aconteció en el pasado.
Sabemos lo cuanto Dios aprecia el interior, pero nunca despreció el exterior, como la afirmación de quien insiste en la tesis de que la apariencia no tiene la menor importancia.

En la última noche, de los 430 años de la esclavitud de los hebreos en Egipto, Dios proveyó no solo la libertad, pero una forma de reparar la injusticia.

Mandó que cada uno pidiese a su vecino piezas de oro, plata y ropas. Y no piensen que los egipcios fueron generosos y favorecieron a Israel. Pues, días atrás del hecho, Faraón no permitió que ellos llevasen ni el propio redil.

Pero, tuvieron tanto miedo por la muerte de sus hijos, que dieron todo lo que tenían para que los hebreos se fuesen.

Todo el pueblo caminó para la libertad, no con las ropas viejas y rotas de esclavos, pero bien vestidos, con sandalias y adornados con bellas joyas.
Fueron 40 años sin necesitar tejer o coser para vestirse. Los niños crecían, y las ropas crecían también.
Las mujeres que habían salido, vistiendo un modelito estampado, debían ser conocidas de lejos, con tan solo verlas. Para los hombres no debió hacer mucha diferencia, pero para las mujeres ¿cuál debió ser la sensación de vestir la misma ropa durante 40 años?
Me imagino una lavandería muy diferente. Aquella columna de nube, que llenaba el campamento por todos lados, hacía la limpieza de esas ropas, jeje.

Aún caminando en un desierto de arenas y piedras, sus sandalias no se gastaron.
Dios podría haber dejado ese “detalle” por cuenta del pueblo, pues era solo matar a un animal y confeccionar una protección cualquier para los pies. En la dificultad, era solo improvisar alguna cosa o simplemente cubrir la desnudez.

Sin embargo, el Altísimo, prefirió conservarlos bien presentables, todo el tiempo.

Claro, que eso también era un aprendizaje para que notasen y confiasen en Su extremo cuidado.
Al fin de la jornada, y prestes a tomar posesión de la Tierra Prometida, no estaban vestidos con trapos viejos como quienes vagueaban por el desierto, pero una nación de personas fuertes, bien alimentadas y bien vestidas.

Nuestra apariencia refleja mucho al Dios que servimos. Ignorar eso, es ignorar la propia manera en que se vistió el Señor Jesús cuando estuvo como hombre en este mundo.
Al contrario de lo que muchos dicen, sus vestiduras no eran de pescador, pero de Maestro. Hecha de lino fino, sin costuras y con bordes y flecos.

El Creador muestra su admiración por lo bello en todas sus obras. Ninguna de Sus obras son feas.
Feas son las obras del diablo. Que desfigura el ser humano, y lo hace destruir a si mismo. Impone el dolor y el odio y poco a poco la belleza de Dios ya no podrá ser vista.

Si su interior está bien cuidado y el Rey de reyes habita adentro de él, no será difícil ser bella exteriormente ¿no es cierto?

Y, si el interior y el exterior caminan juntos, ¡usted será un éxito!

Fuente: blogs.universal.org/cristianecardoso/es

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