¿En nombre de quién?

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Viví parte de mi infancia en una pequeña ciudad del interior. Todos se conocían. Era un ambiente seguro y tranquilo para criar hijos.

Yo era una niña tímida y callada; no acostumbraba a hacer travesuras – al menos no delante de todos. Planeaba mis acciones en silencio y sola. Por ser una “buena niña”, raramente la culpa caía sobre mí. Casi siempre me libraba de los castigos, pero un episodio en especial quedó marcado en mi memoria y dejó lecciones como la que puedo escribir hoy para ustedes.

El clima del cerro es seco y muy caliente así que, se pueden imaginar cómo le encantaba a un niño comer un helado. En aquel verano, había un nuevo lanzamiento: helado de guayaba. Yo lo probé y me enamoré; se convirtió en mi gusto preferido, incluso, mucho más que el “chicabon”.
En aquella semana, acompañando a la empleada al supermercado, fue la primera vez que percibí que ella no llevaba dinero. Al momento de pagar, ella simplemente firmaba un papel y salía con las bolsas. Aquello me intrigó.

En el camino de regreso, que no era más que una cuadra y media de distancia, yo le pregunté porque ella no tenía que pagar. Ella sonriendo me dijo: “yo pago en nombre de tu papá, él tiene crédito”. Aunque sin saber muy bien lo que aquello significaba, nació una idea en mi cabeza – helado ilimitado.

Y, fue así que planeé mi primer fuga. Elegí un horario en el que nadie me iba a ver y me escapé al supermercado. Entré medio desconfiada, fui hacia la góndola de los helados, y con un helado de guayaba en la mano fui hasta la caja. La empleada me miró sonriendo y muy amablemente me preguntó: “¿A nombre de quién?”. “Del Dr.Jean” – le respondí. “Soy su hija”. Ella me dio un papel para que escribiera mi nombre y se despidió de manera muy simpática. Luego, me fui comiendo mi helado por la calle llena de orgullo.

Día tras día, yo iba a buscar el helado hasta el día en el que mi papá tuvo que pagar la cuenta del mes y ahí estaban todas aquellas notas con mi letra torcida haciéndose pasar por una firma. Era la prueba de mi tramoya.
Aquella vez fui castigada doblemente: delito grave fue lo que dijo mi mamá – por huir de mi casa y por quebrar la confianza haciendo uso indebido de lo que era incorrecto por correcto. ¡Adiós helado de guayaba!

Cuando me acuerdo de esta historia, me parece un plan muy osado para la niña que yo era. Sin embargo, mi objetivo, el cual yo consideraba valioso y deseable, era mayor que el miedo, la timidez, y todos los límites que yo podía enfrentar en aquella manzana y media que yo tenía que recorrer solita.

Pero, ¿saben lo que me hacía ser más determinada? – el nombre que yo usaba. Sí, era la seguridad de que no me negarían lo que yo quería.

Hoy, usted y yo tenemos el mismo crédito; el mismo privilegio.Cuando nacemos de Dios, nos convertimos en sus hijas, herederas y con derecho a todo lo que Él conquistó por nosotros: vida ilimitada.Cuando usted hace uso del nombre de Jesús,crea que Él ya pagó. Solamente falta que usted se apodere con la osadía de su fe.

No acepte vivir sin ese privilegio, y si ya nació de Dios, no deje de hacer uso de toda la autoridad que Él le dio.

Fuente: blogs.universal.org/cristianecardoso/es

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