Espejo, espejito…

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Te despiertas por la mañana y lo primero que haces es mirarte en el espejo. A veces, para verte el rostro, otras, para descubrir lo que aquella persona del espejo quiere de la vida… Sin maquillaje, despeinada, cansada, con los ojos hinchados y un enorme signo de interrogación flotando sobre la cabeza; te preguntas si tu apariencia tiene algo que ver con el rumbo que ha tomado tu matrimonio o simplemente, con el hecho de que no consigues atraer al hombre adecuado. Entonces, aquellos comentarios groseros que cierto muchacho hizo o aquellas bromas de mal gusto de las amistades, comienzan a bombardear tu mente: “¿Será verdad? ¿No soy lo suficientemente buena? O, ¿hay algo malo en mí? Te preguntas sin encontrar respuesta. ¿Ya te detuviste a pensar por qué el espejo te refleja de esa manera?

Las personas suelen decir que lo importante es la belleza interior, pero ¿por qué hay tantas mujeres, considerablemente amables y con buen carácter que viven tan tristes e insatisfechas? ¿Qué intenta decirte tu espejo? Llegamos a la conclusión de que la belleza interior no es suficiente para hacer que una mujer se mire al espejo y le guste lo que ve. Tampoco depende de la apariencia, pues hay muchas mujeres extremadamente bellas que, cuando se miran en el espejo, se odian y, por eso, acaban consumiendo drogas y otras cosas para olvidar la vida sin sentido que llevan. Puedes tener una familia adorable, un marido que te ame, una casa preciosa, un empleo perfecto y aún así, nada de eso será suficiente y el espejo continuará intentado decirte algo. En realidad, tenemos que ir a la fuente, al principio de todo, para que podamos descubrir el por qué de tanta insatisfacción.

Un día, hace miles de años, la primera mujer fue creada. Eva vivía en el paraíso y tenía de todo; se sentía feliz y realizada en todos los sentidos. El plan de Dios era que diese a luz a otras muchas mujeres que serían tan felices como ella. Aun así, Eva decidió andar sola según el deseo de su corazón, y de este modo acabó abandonando a su Creador, su Padre y Mejor Amigo. Desde entonces, nosotras, las mujeres, hemos nacido sin tener la menor noción de cuán especiales somos. Y ¿por qué? ¡Porque no entendemos que sólo estaremos realizadas cuando busquemos al Verdadero Amor y Tesoro del corazón, además del Mejor Amigo y Padre! Damos vueltas y perdemos el tiempo en busca del hombre perfecto, cuando verdaderamente la única manera de encontrarlo es por medio de la fe. Hay muchas mujeres orando y luchando para que sus maridos cambien, pero ese cambio sólo puede suceder a través de la relación con Dios.

El Salmo 90:17 dice: “Y sea la gracia del Señor nuestro Dios sobre nosotros…” Exactamente eso, es lo que tu espejo ha intentado decirte cada vez que te miras en él y le preguntas qué más se puede hacer para que seas más bella. Necesitas a Dios, pero no como si Él fuese uno de esos dioses que hay en el mundo; Lo necesitas más de lo que necesitas un marido, un novio, un amigo, un hijo… ¡Más incluso que Tu propia vida! Tener la presencia de Dios no es apenas creer, sino tener una verdadera y profunda relación con Él. Cuando eso suceda, lo sabrás, porque cada vez que te mires en el espejo te sentirás feliz — incluso cuando no haya nada ni nadie a tu lado a quien puedas apegarte. No hay nada malo en ti. Sólo necesitas conocer a tu Creador, y así tendrás todo lo que necesitas para sentirte feliz y realizada.

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