Familiar y vecino

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Usted ¿ya hizo una comparación rápida de cómo es su relación con sus familiares y de qué forma se transformaría en caso que alguno de ellos viviera al lado de su casa? “La oportunidad puede ser muy bien vista, cuando nos referimos a alguien de nuestra familia o a partir del momento que nos llevamos bien con los parientes del compañero. En fin, esa proximidad es benéfica, principalmente en situaciones de emergencia, en que uno puede acudir al otro y ayudar en los momentos de necesidad”, comenta la psicóloga Rosangela Majoli.

Pero, según la especialista, en la práctica, la relación afectiva con los vecinos no siempre es conducida de manera armoniosa y saludable. “Muchos tornan la convivencia una verdadera invasión de privacidad, algo excesivo, y hacen de la vida del pariente un verdadero trastorno, entrometiéndose en la vida del matrimonio o sintiéndose con el derecho de entrar importunando en la casa. Otras situaciones simples, como entrar sin pedir permiso o dar opiniones contrarias a las de los dueños de la casa, también pueden influenciar para el inicio de un conflicto. Definitivamente, eso puede causar un malestar y debilitar tanto la relación entre las familias como la de todos los que están a su alrededor”, alerta Rosangela.

Hay matrimonios que llegan a separarse por esa situación. “Siempre me llevé muy bien con mi suegra y la veía como una persona sensata y dispuesta a ayudarme, pero todo cambió, inclusive mi punto de vista, cuando comentamos sobre nuestro interés de cambiar el departamento por una casa. Fue entonces que mi suegro se ocupó de que viviéramos al lado de ellos. En esa época, después de muchas conversaciones, aceptamos la propuesta; y como él tenía un terreno al lado de la casa en que vivían, además de regalarnos el terreno, costeó la construcción entera de la casa y propuso que se la fuéramos pagando de a poco, pero fue una pésima decisión”, recuerda la abogada, María Eduarda*.

Según Eduarda, toda la admiración que tenía por su suegra fue contrarrestada después de mudarse al inmueble, ya que además de que ella sutilmente comentara siempre sobre el dinero que gastó para la construcción de la obra, comenzaron las intromisiones. “Por haber construido todo, ella se sintió con el derecho de tener una copia de las llaves, diciendo que podría auxiliarnos. No tuve manera de negarme, y, varias veces fui sorprendida por su presencia irrespetuosa en mi cuarto, mientras yo estaba durmiendo o haciendo el almuerzo. No me gustaba eso”, comenta.

Según la abogada, toleró la situación hasta que no aguantó más. “Tuve que llamar a mi marido para conversar y le dije todo lo que pensaba. Fui muy dura y pensé hasta en la separación y, obviamente, él se ofendió por hablar de su madre y el problema se agravó aun más. A lo largo de los 8 meses que vivimos en la casa, sucedieron muchas desavenencias porque ella se hacía la víctima. Cuando se daba cuenta que a mi no me gustaba algo, le iba a preguntar a él si estaba incomodando mucho; así vi mi matrimonio desmoronarse. Sin embargo, todo cambió cuando mi esposo se sintió también fastidiado. Coincidentemente, en la misma época, surgió una oportunidad de trabajar en otra ciudad y decidimos aceptar antes que llegáramos a divorciarnos. Hoy, por vivir lejos, no la veo mucho, pero logré mantener una relación de buena amistad”, dice ella.

Qué hacer para evitar la invasión de la privacidad

Según la psicóloga, para que la relación funcione, lo más importante es que no se viole la intimidad  de ninguno de los dos y no se infrinja la del otro. Preserve la educación, llame cuando fuera a la casa de su vecino. En el caso de que eso no suceda, quien está incomodado puede buscar cambiar, de a poco, esa excesiva libertad. “Pídale a la persona que llame antes de tocar el timbre para que no espere mucho tiempo o que golpee la puerta, explíquele que puede coincidir con el momento en que este tomando su baño. Sugiera que informe con anticipación que irá almorzar a su casa y que no llegue de repente, para que pueda preparar un plato especial. No cuesta nada intentar de a poco”, sugiere Rosangela.

Según la psicóloga, es natural que cuando hay cierta afinidad o contacto, las personas se sientan más cómodas y no se consideren visitas. Esa libertad es el primer paso para que suceda lo peor, por eso, es necesario dosificar la convivencia para que no se vuelva un contacto irritante y desgastante. “Es difícil lidiar con la interferencia de las familias, pero si las sutiles indirectas no funcionan, converse con ellos sobre lo que le incomoda, sabiendo que eso puede sacudirlos. Si el malestar fuera con la familia de su esposo, dígale que haga lo mismo”, finaliza.

 

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