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Samuel fue fruto de la oración incesante de Ana, que deseaba tener un hijo (1 Samuel 1:9-11). El niño nació y, apenas fue destetado, su madre se lo entregó al sacerdote Elí, para que creciera en la presencia del Señor, así como dijo que haría en un voto con Dios (1 Samuel 1:24-28).

El llamado de Samuel sucedió en una noche, al prepararse para dormir. Oyó una voz y pensó que era Elí. Después de levantarse tres veces, Elí le explicó que era el Señor y que, al oír nuevamente, solo tenía que decir: “Heme aquí.” (1 Samuel 3:2-9)

Samuel hizo conforme le fue enseñado y el Señor le dijo todo lo que sucedería en relación a la casa de Elí (1 Samuel 3:11-14). Él oyó y, al levantarse al otro día, tenía miedo de contarle al sacerdote lo que sabía. Pero, al ser llamado, no usó medias palabras, simplemente lo dijo (1 Samuel 3:15-18).

Servir, oír y obedecer

Lo primero que Samuel aprendió en su vida fue a servir. Desde el vientre de su madre, después, al ser entregado a Elí, y todo lo que vivía al lado del sacerdote, lo absorbió para su vida.

Eso se hace nítido cuando Dios lo llama. Él se levanta, sin reclamar, tres veces, y se coloca a disposición de Elí. Solamente después de oír las instrucciones, se acuesta nuevamente.

En vez de tener miedo, se dispuso a oír, pero, esta vez, sabía que era Dios quien hablaba con él.

Después de escuchar, obedeció a Elí, que le pidió que le contara todo lo que Dios le dijo en privado. Y Samuel así lo hizo.

Sea un Samuel

¿Cuántos dicen que sirven a Dios, pero en el momento de ser usados por Él, tienen miedo y no se colocan para ser el canal de bendición para otras personas – e incluso para sí mismo?

Servir es ponerse a disposición, es hacer lo que tiene que ser hecho, aunque eso no traiga beneficios para sí. Es por eso que muchos no sirven más a Dios como se debe, porque siempre miran su lado, son egoístas y no quieren hacer lo que Dios determina.

Oír y obedecer son pasos todavía más difíciles, porque es necesario estar dispuesto para eso. Oír es “bajar la guardia”, olvidar su voluntad de hablar y dar su opinión. Obedecer. Tal vez ese sea el secreto para ser un hombre de Dios, así como Samuel lo fue, porque es un ejercicio servicial, que tampoco son todos los que están preparados para practicarlo.

Samuel no tuvo pereza para servir, no se echó para atrás al oír y, principalmente, no puso su voluntad por encima de Dios. Él obedeció a Elí y le dijo todo lo que le fue indagado al respecto de lo que Dios le dijo. Y, aun siendo sobre la destrucción de la casa de su sacerdote, Samuel no dijo medias verdades, no tartamudeó o mintió, simplemente lo dijo.

No nos echemos para atrás para servir, no seamos tardíos para oír y quisquillosos para obedecer. Seamos como Samuel, un sacerdote íntegro delante de Dios.

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