Juicio Precipitado

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Cierto día, una señora estaba pasando por la calle y vio, a través de la ventana de la casa del pastor de su iglesia, una escena terrible, según ella.

Imagínese: su pastor estaba persiguiendo a la esposa levantando una escoba. La señora escuchaba el grito de la esposa corriendo y veía al marido corriendo detrás.

No tuvo duda, el pastor estaba golpeando a su mujer. La señora desparramó esa noticia por la ciudad. Se lo fue contando a cada persona conocida que encontraba y, no satisfecha, comenzó a contárselo también a personas extrañas.

En poco tiempo, toda la ciudad sabía acerca de la actitud inconveniente del pastor de la iglesia.

Ante el hecho, los líderes de la iglesia se reunieron y tomaron la decisión correspondiente al caso. Separaron al pastor del ministerio y le comunicaron lo decidido. Este, muy sabiamente, aceptó sin argumentar nada a su favor. Solo hizo un pedido: que al domingo siguiente pudiera hacer un culto de despedida, invitando a todos los que pudiesen asistir al mismo.

El día programado, después de un corto pero edificante mensaje evangélico, invitó a su esposa para que fuese hasta el púlpito y explicase por qué estaba siendo despedido.

Ella dijo alta y claramente:

– ¡Mi marido está siendo separado de la iglesia a causa de un Juicio Precipitado! Supe que la decisión de su separación fue motivada por haberme golpeado. Yo nunca le reclamé a nadie sobre eso, y tampoco podría haberlo hecho, porque lo que sucedió es que un día, cuando yo estaba haciendo la limpieza en casa, apareció un ratoncito que empezó a correr por la habitación. Como yo tengo miedo de los ratones, empecé a gritar y a correr. Al ver eso, mi marido agarró una escoba y comenzó a correr detrás del ratón para matarlo.

Si ese hecho es motivo para separarlo de la iglesia, nos iremos a otra ciudad, de lo contrario, me gustaría que la persona que difundió la falsa noticia sobre mi “paliza” viniese hasta aquí, pues estamos listos (yo y mi marido) para perdonar a esa persona por el engaño que cometió.

Todos los presentes sabían quién había esparcido la noticia, por eso la señora no tuvo otra salida que ir hasta allí y pedir perdón. Ante eso, el pastor le dijo:

– Yo la perdono, pero la hermana tendrá que cumplir con un pedido que voy a hacerle, ¿está bien?

Ella respondió afirmativamente.

Ante la respuesta, el pastor le dio el siguiente mandato:

– Agarre una almohada de plumas, vaya hasta lo alto del cerro en un día de viento fuerte y suelte todas las plumas al aire.

“¡Eso es fácil!”, debe haber pensado la señora. Pero el pastor prosiguió:

– Al día siguiente, vuelva y recoja todas las plumas y arme la almohada hasta que quede como era antes.

– Ah, pastor, ¡eso es imposible! Después de que el viento desparrame las plumas yo no lograré juntarlas más. – respondió ella.

– ¡Pues fue justamente eso lo que usted hizo con mi vida! Después de que usted desparramó esa falsa noticia, yo nunca tendré el mismo concepto ante las personas de esta ciudad. Nos mudaremos a otra ciudad, pero dejamos aquí esta lección de vida para todos los presentes:

Nunca juzgue a nadie precipitadamente y no desparrame lo que no se puede recuperar.

Obispo Renato Cardoso

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