“También hizo la fuente de bronce y su base de bronce, de los espejos de las mujeres que velaban a la puerta del tabernáculo de reunión”. Éxodo 38:8

La función de la fuente era ser utilizada para la purificación de los sacerdotes en el servicio sagrado. Después del sacrificio, todavía habría un vestigio de sangre y del humo del Altar. Por eso, ellos tenían que purificarse, lavándose los pies (donde andan, la conducta), las manos (lo que hacen, el carácter) y el rostro (su fe, la conciencia).

Al purificarse, miraban el agua que reflejaba su imagen para recordarse a sí mismos que debían ser la imagen de Dios en su servicio ante el Señor, ante el pueblo, y en su casa ante su familia.

Aquellas mujeres renunciaban a sus imágenes para que la imagen de Dios se reflejara en el sacerdocio (de sus maridos).

Las mujeres no podían entrar al Santuario, pero estaban representadas allí por su sacrificio.

Esa ofrenda voluntaria de las mujeres muestra que tenían un corazón dispuesto a dar, desprovisto de ambición (pues eran objetos valiosos en esa época, metal pulido) y de su propia vanidad.

Esto se debe a que estaban más preocupadas por la belleza del Espíritu que por la belleza del cuerpo corruptible.

Otro detalle, ellas habían traído esos espejos de Egipto, de las egipcias que solían ir a sus templos paganos con sus espejos, eso muestra que ellas no querían ser como las egipcias.

Hoy, estos sacerdotes son los pastores, y nosotras contribuimos para que exista esta fuente de bronce, hecha de nuestros espejos (costumbres, vanidades, aspiraciones).

Sin embargo, ella solo cumple su finalidad si está llena de Agua Pura (Palabra de Dios), para que ellos no mueran espiritualmente, sino que sean aprobados por Dios.

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