botija

Había una vez un rey que envió a su siervo a un viaje diciéndole:

– ¿Ves este largo camino, mi siervo? Sigue por él sin desviarte. El reino donde vas está al final del mismo. Por todo el camino llevarás esta botija, la cual entregarás en manos del rey de aquel lugar y recibirás tu recompensa. Así, conforme le fue ordenado, partió el siervo, llevando la preciosa botija, obra prima del alfarero.

El camino se perdía de vista. Atravesaba planicies y ríos. Algunas veces se extendía por lo alto de los montes, otras veces por lo profundo de los valles. Había trechos bordeados con árboles que proporcionaban sombra, pero había otros áridos, castigados por el sol.

Pasados muchos días, el siervo encontró una caravana de gitanos. Estos insistían y acabaron por convencerlo de seguir con ellos. Luego el aprendió el arte de hacer trampa y mentir, fingiendo leer en la palma de la mano el destino de los crédulos incautos. Entre los ociosos, el siervo adquirió el hábito de la dejadez y la pereza.

Engañado y engañando, no vio el tiempo pasar.

Un día, como si se acordara de una pesadilla, se acordó de la orden del rey y fue a buscar la botija. La encontró polvorienta y con muchos rasguños. La tomó y volvió al camino. ¡Pero no por mucho tiempo! Le bastó encontrar la primer subida para abandonar otra vez el camino, buscando cruzar la montaña por un atajo.

Haciendo así, terminó en una ciudad donde un templo idólatra estaba siendo construido. El siervo, al que le gustaba mucho el dinero, vio que podría ganar allí mucho dinero. La construcción del templo demoró años. Durante ese tiempo, el adoptó las costumbres locales y se entregó al pernicioso culto a los ídolos y las prácticas paganas. Adquirió nuevos vicios y se prostituyó como era la costumbre de aquel pueblo.

Con el tiempo, se debilitó y enfermó. Perdió todo lo que tenía, fue despreciado y expulsado de la ciudad. En su miseria, se acordó una vez más de la botija y de la orden del rey. Sintió que la última oportunidad de su vida era terminar la jornada y recibir la recompensa.

La botija, cuyos rasguños se habían transformados en rajaduras, estaba abandonada en un rincón. Había perdido todo su brillo y belleza.

Vacilante y cansado, el siervo retomó el camino. Ahora, ya no había gitanos que se interesasen por él, o quién le diese trabajo. El siervo estaba feo, viejo, enfermo y débil.

Con sacrificio llegó finalmente a su destino. Viendo los majestuosos portones, el primer sentimiento que tuvo fue de remordimiento. Desperdició tanto tiempo en nada.

Inmediatamente buscó al rey y le contó su historia. Entregándole la botija, dijo:

-¡Su majestad, esta es la botija! Estoy viejo, cansado y nada tengo en la vida. Os ruego que me concedas la recompensa, para que descanse en paz.

El rey abrió la vieja botija y verificó que estaba completamente vacía.

-¡Pobre hombre! No cuidaste de esta botija, pensando que estaba vacía. En verdad ella traía tu recompensa: el fino y valioso oro en polvo que en ella fue colocado y tu dejaste caer por los rasguños y rajaduras. Si hubieses oido la voz de aquel que te envió, habrías guardado ese tesoro. Así también fue tu vida. Tu cuerpo era la botija y tu alma es el oro que ella contenía. Dejando el camino en el cual debías andar, adquiriste prácticas malas y vicios, rasgando tu cuerpo con el pecado y la enfermedad, tal como esta botija envejecida.

Las virtudes sublimes, el amor, la bondad, la fidelidad y la obediencia, fueron llevadas de tu alma, así como el oro fue escurriendo de la botija, sin que tu lo percibieses. Hoy no tienes recompensa. Está vacía tu botija como vacía está tu alma.

Sabio es el hombre que guarda su botija, preservando su alma. Tendrá siempre un precioso tesoro del cual vendrá la paz, alegría y la recompensa final: ¡nuestra salvación en Jesús!

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