laguardia

Era una noche común en el hospital.

El doctor Raúl había acabado de llegar para hacer su guardia.

En el pasillo, algunos pacientes esperaban que los atendieran. Nadie estaba en estado grave. Ninguna emergencia. Gracias a Dios, todo parecía tranquilo.

Médico ortopedista, el doctor Raúl es uno de esos médicos admirados por todos y muy buscado. Gentil, útil, solidario y extremadamente profesional.

Por más que atiende la mayor parte del tiempo en un hospital privado, no deja sus guardias todos los viernes en el hospital municipal, pues sabe la necesidad que hay en la red pública, y por eso, hace su contribución.

Eligió la medicina por vocación. Tiene una verdadera pasión por la vida humana. Su mayor placer es velar por ella.

Estaba atendiendo al quinto paciente de la noche cuando escuchó un movimiento extraño en la recepción. Al salir de la sala se encontró con varios enfermeros corriendo de un lado para otro, asombrados.

Todavía sin entender lo que estaba sucediendo, se acercó a uno de ellos y le preguntó: “¿Por qué todo ese alboroto?”

El enfermero – tomando aliento – respondió: “Hubo un accidente grave aquí cerca y están trayendo a las víctimas para acá, pero no tenemos estructura para recibirlas. No hay camas suficientes para todos. Nos informaron que son aproximadamente diez personas – la mayoría en estado grave -, y solo tenemos seis camas disponibles.”

Viendo la seriedad de la situación, el doctor Raúl decidió actuar rápido. Era necesario tomar algunas medidas para que esas víctimas pudieran ser atendidas a tiempo. Cualquier demora podía costar la pérdida de una vida, o de varias.

Las ambulancias comenzaron a llegar. Una. Después otra y otra más. En la primera, un niño de solo 5 años con una fractura expuesta en el brazo derecho. Los padres también estaban gravemente heridos.

En la segunda, cuatro jóvenes, tres de ellos menores de edad. El cuarto, en estado aún más grave, no tenía documentos, y por eso, no podía ser identificado. Según la información de los policías que atendieron el accidente, el vehículo en que ellos estaban fue el que lo provocó. Iban a alta velocidad, pasaron el semáforo en rojo y chocaron a una Van que llevaba seis pasajeros.

La tercera ambulancia traía tres víctimas más, esas, con heridas leves. Fueron atendidas, medicadas y poco tiempo después fueron dadas de alta.

De las siete personas gravemente heridas, felizmente, seis pudieron ser atendidas y dirigidas a Terapia Intensiva.

Sin embargo, todavía faltaba el cuarto joven. Preocupado, el doctor Raúl decidió contactar algunos hospitales. No había vacantes.

De repente, un hilo de esperanza. Se acordó de un amigo de la facultad que había montado una clínica particular y que disponía de Terapia Intensiva con equipamiento de última generación. Era un médico exitoso, también ortopedista, muy considerado. Aun así, el perfil de sus pacientes era muy diferente de los que el doctor Raúl solía recibir durante su guardia – personas de bajos recursos, que no tenían condiciones de pagar una prepaga y menos una consulta particular. Mientras su colega tenía como pacientes a personas de alto poder adquisitivo, a las que no les importaba –porque tenían las condiciones –pagar 1240 pesos la consulta.

 Pero, era una emergencia y él no iba a negarse a ayudar, pensó. Además, por encima de las cuestiones económicas y personales está el compromiso con la vida humana.

Cuando el doctor Sandro atendió el teléfono, el doctor Raúl fue directamente al tema: “Tenemos una emergencia aquí en el hospital y no tenemos estructura para atender a todos. Necesito que recibas en tu clínica a un joven gravemente herido en un accidente de tránsito, pues no tenemos más camas.”

“¿Quién se responsabilizará de los gastos?”, fue la primera pregunta del doctor Sandro. “No tenemos tiempo para resolver eso ahora, el muchacho necesita ayuda inmediata, el tiempo está pasando y con cada minuto disminuyen sus chances de sobrevivir”, enfatizó el doctor Raúl.

Indomable, el médico siguió: “Solo lo recibo en mi clínica si alguien se hace cargo de los gastos. Mi clínica no es una entidad filantrópica”, dijo irónicamente.

Viendo que no había alternativa y pensando en la integridad física del joven y su compromiso con la vida, se comprometió a pagar los gastos en caso de que la familia de la víctima – aún no identificada – no tuviera las condiciones para pagar.

Cómo iba a pagar, no lo sabía. Lo que sabía era que haría lo que estuviere a su alcance para salvar una vida, aunque sea la de un desconocido.

Pensó en los padres de ese joven, que ni se imaginaban que su hijo, en ese momento, estaba agonizando en un pasillo de hospital, esperando que lo atendieran y con la vida pendiendo de un hilo. Pensó en su hijo. Ese muchacho debía tener la misma edad. ¿Y si estuviere él en lugar de ese muchacho? No, no podía permanecer indiferente. Iba a hacer por ese muchacho lo que le gustaría que hicieran por su hijo.

En la ambulancia, sentado al lado del joven inconsciente, el doctor Raúl pensaba en la frialdad del doctor Sandro. Infelizmente, era el retrato de la sociedad moderna – que valora por encima de todo el dinero y el poder en detrimento de la vida.

En la clínica, el doctor Sandro esperaba junto con su equipo para atender al muchacho. Ya estaba todo preparado para recibirlo.

Llega la ambulancia trayendo al joven. Comienza la carrera por su vida. En la sala de cirugía, preparan al paciente para pasar a un procedimiento quirúrgico.

Los dos médicos se saludan y siguen lado a lado para la sala de cirugía, donde será asistido el joven.

Al abrir la puerta y encontrarse con ese muchacho el doctor Sandro queda paralizado. No puede ser. Eso solo puede ser una broma. Pero no lo es. Su corazón se queda oprimido y la conciencia lo acusa. Allí, delante de sus ojos, está su único hijo. Sin poder contener las lágrimas, se retira de la sala.

Viendo que su colega no está en condiciones para dirigir la cirugía – no es lo recomendado en esos casos -, el doctor Raúl asume el equipo médico e inicia el procedimiento.

Mientras tanto, del lado de afuera, el doctor Sandro, introspectivo, reevalúa sus valores y su conducta. ¿Qué podría haber sucedido con su hijo si el doctor Raúl no hubiera asumido la responsabilidad de los gastos de la clínica para convencerlo de ayudar a su propio hijo? ¿Cómo pudo ser tan egoísta? Si no fuera por la compasión y el amor al prójimo de su colega – que al contrario de él priorizó la vida de un desconocido -, su hijo no sobreviviría.

Se sentía avergonzado.

Permanece allí sentado por horas, esperando que termine la cirugía, hasta que, finalmente, el doctor Raúl sale de la sala y le informa que la cirugía ha sido un éxito. El joven está fuera de peligro.

Aliviado, el padre del muchacho abraza a su amigo, le agradece y le pide perdón por su postura, como profesional de la medicina y como ser humano.

Y le comunica una decisión: a partir de ese día también hará guardia en ese mismo hospital público adonde llevaron  su hijo. Y, siguiendo el ejemplo de su amigo, no medirá esfuerzos para salvar una vida.

Ha aprendido la lección.

“Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas.” Mateo 7:12

Fuente: arcauniversal.com.ar

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