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Se cuenta que hace mucho tiempo, un rey quería casar a su hijo y tuvo una idea para elegir a la mejor futura esposa del reinado. Decidió hacer una «competencia» entre las muchachas de la corte o quien quiera que se creyera digna de su propuesta.

Al día siguiente, el rey anunció que recibiría, en una celebración especial, a todas las pretendientes para casarse con su hijo y que lanzaría un desafío.

En la celebración, todas las más bellas muchachas, con la más bella ropa, con las más bellas joyas y con las más determinadas intenciones estaban presentes.

Entonces, finalmente, el rey anunció el desafío:
– Les daré a cada una de ustedes, un jarro, tierra y una semilla. La que, dentro de seis meses, me traiga la más bella flor, será elegida para ser la esposa de mi hijo y la futura reina.

El tiempo pasó y en el momento marcado estaban allá todas las pretendientes, cada una con una flor más bella que la otra, orquídeas, rosas, margaritas, tulipanes… de las más variadas formas y colores. Pero había una joven que no era tan bella, ni tan rica como las otras, no usaba joyas, y lo peor, era la única que tenía su jarro de flor vacío.

Finalmente llega el momento esperado y el rey observa a cada una de las pretendientes con mucho cuidado y atención. Después de pasar por todas, una a una, él anuncia el resultado e indica a la joven que estaba con el jarro vacío para que sea la futura esposa de su hijo. Las personas presentes tuvieron las más inesperadas reacciones. Nadie comprendió porqué había elegido justamente a aquella que nada había cultivado.

Entonces, calmamente, el rey aclaró:
– Ella fue la única que cultivó la flor que la hizo digna de que se convierta en una futura reina. La flor de la honestidad, pues todas las semillas que les entregué a ustedes eran estériles.

Lo que le importó al rey no fue la belleza exterior, sino la belleza interior. Las que encontraron una «manera» para volverse reinas terminaron siendo excluidas del reinado.

A nuestro Dios no Le interesa nuestra apariencia, sino nuestros pensamientos, intenciones y proceder. ¡Es exactamente ahí que se marca la gran diferencia entre los que son y los que no son de Dios!

Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? Yo, el SEÑOR, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras. Jeremías 17:9-10

Fuente: bispomacedo.com.br

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