Las dos naturalezas

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Para que comprendamos esta visión de Juan, necesitamos entender que cuando el Señor Jesús vino al mundo, poseía dos naturalezas: humana y divina.

Como parte de Su naturaleza humana, Él nació de una mujer como nace cualquier niño – la diferencia es que esta mujer era virgen. Sus atributos humanos no eran para nada diferentes al de los demás hombres, pues tuvo sed, hambre, cansancio y sueño.

También sintió dolores, tanto en el alma como en el cuerpo, e incluso lloró. Además de eso, murió. En Su naturaleza humana, Él tuvo madre, pero no tuvo padre. En Su naturaleza divina, Él ya existía antes de todas las cosas:

“El es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en Él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de Él y para Él. Y Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en Él subsisten.” Colosenses 1:15-17

Su padre, a través del Espíritu santo, Lo generó en el vientre de una virgen, de manera que en Su naturaleza divina Él tiene Padre, pero nunca tuvo madre.

Todos los que Lo vieron cara a cara en Israel vieron a Jesús Hijo del hombre, es decir, con naturaleza humana. Sin embargo, después que Él realizó la obra por la cual había venido al mundo, volvió a Su condición anterior, o sea, ¡la de Dios-Hijo glorificado!

Y claro, el apóstol Juan nunca Lo había visto glorificado, y cuando tuvo esa visión tan indescriptiblemente magnífica y majestuosa, cayó rendido a Sus pies.

Él solo conocía a Jesús en la naturaleza humana, ¡pero ahora estaba delante del Señor Jesucristo glorificado y preparado para volver!

¿Será que los que dicen estar cayendo o siendo arrebatados están realmente teniendo la misma visión de Juan? ¿Será eso de Dios? Tengo la seguridad de que no. El diablo, astutamente, ha engañado a millones de personas sinceras y desinformadas, llevándolas a creer en la doctrina de “caer”.

Engañosamente, Satanás  ha usado como argumento la experiencia gloriosa de Juan, para engañarlas y hacer que acepten caer al suelo como si estuvieran siendo arrebatadas por Dios.

Muchas sufren accidentes al caer y terminan siendo hospitalizadas. ¿Será que esas personas han sido vencedoras? ¿Su familia, su matrimonio, su vida económica, su salud, en fin, todo estará bien?

¿Será que han vencido al pecado y han mantenido una comunión íntima con Dios? Porque si hubieran tenido una experiencia como la del apóstol Juan, ¡entonces sus vidas tienen que ser una maravilla! Pero si caen al suelo y sus vidas van de mal en peor, entonces es porque esa “caída libre” está originada en el infierno.

La segunda orden del Señor a Juan fue: “… y envíalo a las siete iglesias que están en Asia: a Efeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea.” (Apocalipsis 1:11). ¡Toda iglesia cristiana y todo cristiano están encuadrados en las características de una de esas iglesias!

La tercer orden fue: “Escribe las cosas que has visto, y las que son, y las que han de ser después de estas.” (Apocalipsis 1:19). Eso quiere decir que el apóstol debía registrar los hechos que sucedieron en la Tierra después de que la iglesia fue arrebatada.

Luego, en el comienzo del capítulo 4, vemos: “Después de esto miré, y he aquí una puerta abierta en el cielo; y la primera voz que oí…” Apocalipsis 4:1

Primero Juan tuvo la visión del Señor glorificado; en seguida, recibió la orden de escribir a las siete iglesias y, ahora, lo primero que el apóstol ve es una puerta abierta en el cielo.

Esto significa el maravilloso resultado de lo que el Señor Jesús realizó en el Calvario, o sea, la redención para todo aquel que cree. ¡La persona más pecadora de este mundo puede pasar por esa puerta! Solo basta aceptar el sacrificio del Señor Jesús, ¡realizado como forma de pago por todos los pecados del hombre!

Aunque esa puerta esté abierta para todos, no significa que todos entrarán, pues es solo para los que aceptaron la invitación ofrecida por el Señor Jesús: “Yo soy la puerta; el que por Mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos.” Juan 10:9

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