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Cierta mujer cananea oyó hablar del Señor Jesús y de los milagros que estaba realizando por todo lugar por donde pasaba y, así, tuvo la seguridad de que Él, por fin, sería quien quitaría el sufrimiento de su hija. Entonces empezó a seguir al Señor Jesús clamando en favor de su hija. Los discípulos ya se estaban cansando de la insistencia de aquella mujer. El Señor Jesús, sabiendo que ella Le seguía solamente buscando un milagro, no le hizo caso durante un tiempo; aún así, ella no dejó de pedir ayuda y, con seguridad, debió haber molestado a mucha gente a su alrededor. Sabiendo que aquella mujer extranjera no iba a dejar de importunarlo, el Señor Jesús se volvió hacia ella, y le dijo: “No está bien tomar el pan de los hijos, y echárselo a los perrillos.” Seguramente, muchos deben haber pensado que después de aquella respuesta ella desistiría. Sin embargo respondió: “Sí, Señor; pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.” El Señor Jesús quedó sorprendido con la respuesta que escuchó de aquella mujer, pues su reacción a lo que le había dicho fue completamente opuesta a lo que cualquier persona podría esperar. Entonces, Él le dijo: “Oh, mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas” (Mateo 15:22-28).

Una de las características más destacadas de la fe de aquella mujer es algo llamado humildad. Fue capaz de colocarse en su debido lugar, no se preocupó consigo misma ni con su reputación, incluso después de haber sido reprendida por el Señor Jesús delante de toda aquella gente. La fe de aquella mujer es del tipo de fe que falta en muchas mujeres cristianas en el día de hoy. Una fe que no se desalienta por pequeños malentendidos o escándalos aquí y allí. A fin de cuentas, sabía que sólo tendría valor si su Señor estuviera en su vida. Muchas mujeres se habrían marchado furiosas con el Señor Jesús si hubieran estado en el lugar de la mujer cananea. Unas habrían empezado a discutir, mientras que otras habrían decidido que nunca más volverían a escuchar hablar de Él.

¿Qué tipo de mujer eres tú? ¿Qué sería capaz de irritarte hasta el punto de abandonar a Dios? Si existe algo, entonces no eres digna de tenerlo. Él no nos necesita, pero nosotras Lo necesitamos desesperadamente. Él no comete ningún error. Enfrentémonos a la realidad: Somos nosotras quienes nos equivocamos. Aquella mujer sabía que no merecía nada del Señor Todopoderoso y, por ese motivo, se humilló y reconoció su condición delante de Él. A algunos puede incluso parecerles que el Señor Jesús fue un poco rudo, pero si lo piensas bien, podrás observar que Él estaba haciendo lo correcto. Ella no estaba convertida y, probablemente, estaba allí solamente para obtener una bendición. Aun así, llama nuestra atención el hecho de que ella reconoció que no era merecedora y eso es lo que falta en muchas de nosotras.

Las grandes maravillas de Dios solamente se manifiestan en la vida de aquellas cuyo corazón es humilde. Pequeños milagros pueden alcanzarse a través de un simple acto de fe en Dios, pero los grandes milagros sólo se alcanzan a través de una fe con calidad, como la de aquella mujer; es decir, una fe que nos hace saber exactamente cuál es nuestro lugar delante de Dios.

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