Nacidos del Espíritu o de la carne

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Al enterarse de la prisión de Juan Bautista, Jesús Se retiró a Galilea, donde comenzó a predicar el Evangelio del Reino: “…El tiempo se ha cumplido, y el Reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el Evangelio” (Marcos 1:15). Para Él, el arrepentimiento significa un cambio total de actitud; dejar de andar en el camino incorrecto e ir por el correcto; nacer de nuevo. Ese fue el primer mensaje del Señor Jesús sobre este tema.

Muchas personas han llegado a la iglesia buscando la cura, la liberación y la prosperidad, pero sin tener ningún interés en seguir al Señor Jesús. Solo quieren disfrutar los beneficios de la vida cristiana.

Si alguien anhela un cambio de vida y desea nacer de nuevo, es necesario que se arrepienta de sus malos caminos; abandone las antiguas costumbres y comience una vida nueva. Jesús hace el milagro, pero los individuos tienen que hacer su parte; el arrepentimiento es una actitud humana, necesaria para que Cristo pueda actuar en la vida de la persona.

Existen personas que no quieren abandonar la vieja criatura. Aun así, claman a Dios pidiendo misericordia. Sin embargo, eso es una incoherencia. ¿Cómo la persona pretende que Dios responda a sus oraciones, si no se arrepiente y continúa viviendo según la carne?

Fue a causa de estas personas que Jesús predicó sobre el arrepentimiento como requisito fundamental para la entrada a Su Reino. No se trata de remordimiento, sino de una actitud que se toma en relación a la vida pecaminosa que se está viviendo. Si usted abandona sus errores tendrá el derecho de clamar a Dios y de ser respondido. Esté donde estuviere, Él lo oirá. Actuando de esta manera, naturalmente tendrá una comunión con Dios, al punto de poseer todo lo que desee.

No existe salvación sin arrepentimiento sincero. Jesús solo puede salvar a aquel que se encuentra perdido, pues si alguien cree no estarlo, o que no necesita arrepentirse, ¿qué puede hacer Dios por esta persona?

Sin embargo, si la persona cree que no tiene fuerzas para abandonar el error y Le pide a Dios, de todo corazón, Él no le negará el perdón. Fue lo que sucedió con el ladrón en la cruz, que a punto de morir, Le pidió: “Acuérdate de mí cuando vengas en Tu reino.” Él se arrepintió de aquella vida sucia que vivía, y al mismo instante, Jesús le respondió: “De cierto te digo que hoy estarás Conmigo en el paraíso.” De la misma manera que el Maestro atendió al pedido del ladrón arrepentido, atiende a cada persona que Lo invoca con sinceridad.

Lamentablemente, muchas personas están en la iglesia, pero continúan viviendo en la carne, porque están conformes con el error; son solo religiosas.

Para tener la vida eterna es necesario tomar una nueva actitud. El arrepentimiento de los errores cometidos y el deseo de convertirse en una nueva criatura, aunque tengan raíz en el corazón del ser humano, son motivados y fortalecidos por la acción del Espíritu Santo. La oración del Padre Nuestro, enseñada por Jesús, nos dice mucho al respecto del perdón. Queremos que Dios nos perdone y nos gusta ser perdonados por los demás, pero el perdón no puede ser completo y real sin el verdadero arrepentimiento. El propio Dios Se identifica con nosotros, reconociendo nuestras necesidades y ayudándonos a superarlas. Él nos quiere perdonar, pero necesita contemplar en nosotros el arrepentimiento sincero.

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