Para quien no sabe esperar

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Rapidez hoy es una herramienta fundamental en la vida. Existe la modalidad “express” para casi todo. Comida, internet, transporte, encargos, atendimiento, enseñanzas etc. Prometo que intentaré ser rápida también, pues de lo contrario usted no parará por aquí, ¡jeje!

Nos acostumbramos a esa manera de vivir y queremos que en el plan espiritual las cosas funcionen así también. Pero, nuestras peticiones no siempre son atendidas a la velocidad que queremos, a veces se necesita esperar y esperar. Seguiré con la historia de David para mostrar como todos tenemos mucho que aprender todavía. El aceite llegó a su cabeza, pero nada del trono. Había sido elegido por Dios, pero eso no fue sinónimo de facilidades.

El rey Saúl, frágil espiritualmente y lleno de amargura, deseó una buena música. Le indicaron el mejor de la región, David. No solamente sus canciones, pero su presencia proveía sabiduría y oración que el rey tanto necesitaba. ¡Listo! Fue convocado para ser músico de la corte y más adelante, escudero del rey.

El camino para la exaltación le reservaría muchas guerras y humillaciones. El único lugar donde Dios podría prepararle bien, era al lado del rey rechazado. ¡Personas difíciles nos forman! Desde niño, David tenía bravura en lidiar con animales salvajes, pero ahora necesitaba aprender a guerrear. Dios iba a trabajar en el interior y en el exterior, pues ambos caminan lado a lado.

Sus días con Saúl eran torturantes. Algunas veces Saúl lo apreciaba, otras veces lo odiaba. Esa oscilación duró algunos años e hizo David observar bien lo que nunca hacer cuando se tornase rey. Después de su victoria, sobre el gigante Goliat, la envidia de Saúl quedó incontrolable, y empezó una implacable persecución para matarlo. Fueron años huyendo en medio a los desiertos, viviendo en cuevas, campos etc. En una de sus fugas necesitó fingirse de loco delante del rey filisteo para ser libre.

En los días más difíciles, su mente debía preguntar el significado de aquella unción que ocurrió en el pasado. Solo la confianza inquebrantable hacía su alma sosegar y esperar. Que contraste enorme, mientras Saúl lo cazaba ferozmente, David oraba con tanta intensidad que compuso los más profundos Salmos, gran aliento para los afligidos en todas las generaciones.

Muchas veces suplicó por prisa y urgencia. Dios enviaba el escape, pero en el contexto general, David necesitaba todavía aguardar. Dios tiene un tiempo propio para trabajar. No significa demora, es apenas lo necesario para la gran obra a ser hecha.

David ya tenía 30 años cuando Saúl murió. La tribu de Judá reconoció su elección y lo ungió por segunda vez. Reinó en la pequeña Hebron por 7 años y medio con un ejercito formado de personas despreciadas, endeudadas y perseguidas que conoció durante sus años de fuga.

Pero nada de descanso. Fue rechazado por todo el resto de Israel. En lo alto de sus 38 años, su cuerpo y su alma marcados por las duras batallas. No era más aquel jovencito en la fe, pues había sido graduado en una academia que forma pocos, más excelentes alumnos.

¡Llegó la hora!

Supo esperar casi 20 años, para ver la escena de los ancianos de Israel pidiéndole: “¡Reina sobre nosotros, somos tu pueblo!” Allí una vez más, fue ungido y conducido a Jerusalén, ahora para reinar sobre toda la nación, conforme le fue prometido. Dios no necesita de tiempo para hacer el milagro, somos nosotros que necesitamos de tiempo para ser moldeados a la altura del milagro que Él desea realizar.

Antes de esta palabra ser para usted, fue para mí, porque también he soportado mis esperas. Y quién no tiene, ¿verdad?

Hoy puede ser difícil, pero será extraordinario cuando venga la respuesta, ¡aguarde!

Fuente: blogs.universal.org/cristianecardoso/es

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