Parecía imposible cambiar…

lindinalva

Marcada por un trauma de mi infancia, cuando a los 9 años fui violentada por un amigo de mi padre, crecí deprimida y con odio hacia todos, principalmente hacia los hombres, pues siempre estaba esperando que un día alguno de ellos pudiera hacerme mal.

A pesar de ese temor, insistí en hacer amistades, a fin de amenizar mis complejos y olvidar un poco mi dolor, aunque siempre desconfiaba. Fue entonces que, alrededor de los 16 años, me hicieron conocer la marihuana. De inmediato dije que no, ya que temía al mal que podría hacerme, sin embargo, al darme cuenta de que en realidad mi vida ya estaba mal hacía muchos años, y que el “porro” no traería ninguna diferencia, me metí de cabeza y de verdad. De inmediato, no satisfecha, seguí con la cocaína.

Obispo, es siempre así, cuanto más tiene la persona, más quiere. Cuanto más prueba, más aventuras busca.

En la secuencia vino el crack, ese fue el más terrible, me esclavizó de tal manera que todos los días no era suficiente. Ya rendida y, de cierta forma, “feliz” por mantenerme momentáneamente desconectada de mis traumas, vinieron las bebidas trayendo nuevas amigas y, entre esas nuevas amigas, el despertar del deseo hacia las mujeres. Pensé: “El hombre es una porquería, ¡pero la mujer es mi fantasía!”

Decidí involucrarme con una aquí, con otra allí, mientras mis modales femeninos fueron poco a poco sustituyéndose por los masculinos. Cambié mi forma de vestir, mi comportamiento, mi manera de hablar, y de a poco me fui convenciendo literalmente de que era un hombre.

Eso era una locura para mí. Por primera vez me sentía mejor y era increíble cómo atraía a las mujeres. Mi familia quedó pasmada con mi cambio y enseguida pensó que me estaba volviendo loca. Me internaron dos veces en centros psiquiátricos pero eso no solucionó nada. Después le tocó el turno a las casas de recuperación, pero otra vez no sirvió de nada.

En una de mis aventuras, conocí a una mujer por la que sentí una pasión sin medida. Nos fuimos a vivir juntas. Esa relación duró aproximadamente 15 años, hasta que descubrí que ella me estaba traicionando. Me desesperé, y ese trauma que estaba adormecido apareció nuevamente.

unnamed (19)Obispo, no sirve de nada, es como usted enseña: ¡No sirve de nada luchar contra la causa si no se vence al causador! Eso me hizo sufrir mucho nuevamente. Mi mundo se derrumbó y hasta pensé que era el fin. A pesar de mi decepción, decidí vengarme pagándole con la misma moneda. Inmediatamente busque a un hombre y, como si eso no alcanzara, decidí quedar embarazada de él. Yo estaba tan ciega que sentí más asco de esa relación que de mi convivencia con ella. Fue mi única experiencia con un hombre.

Arrasada con toda esa situación, decidí buscar ayuda a través de una invitación que recibí para conocer la Universal. No lo pensé dos veces. En la primera reunión en la que participé, recuerdo que lo que más me llamó la atención fue una obra de teatro que estaba siendo presentada ese día. Narraba mi vida y mostraba cómo yo podía ser feliz de verdad. Busqué ayuda de un pastor que inmediatamente se puso a mi disposición para acompañarme. Rápidamente decidí cambiar y, de inmediato dejé mi convivencia homosexual, y volví con mi familia. Cambié mi forma de vestir, mis costumbres, mis pocas amistades, participando fielmente en las reuniones de liberación. Vencí mis traumas, los vicios, y hoy estoy orgullosa de asumir que soy una nueva mujer, obrera, casada con un hombre maravilloso que ha mostrado todos los días cómo hacerme feliz.

Lindinalva – Rio de Janeiro

Fuente: bispomacedo.com.br/es/

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