Parecía imposible cambiar

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Mi nombre es Mauricio, tengo 23 años, nací en la provincia de Salta, al norte de Argentina.

Crecí viendo maltratos y golpes en mi casa. Tenía un padre agresivo y alcohólico. Él le pegaba tanto a mi madre que yo vivía implorándole de rodillas que no la golpeara. Mi infancia estuvo llena de miedos y nerviosismo debido a esa situación.

Mi decepción con mi padre era tan grande que nunca lo llamaba “papá”. Para mí, no merecía mi respeto. Él no tenía trabajo fijo, y vivía solo haciendo “changas”.

Recuerdo que cuando era apenas un niño salía al centro de la ciudad a robar con él, para llevar la comida del día. Entrábamos a un lugar, y yo estaba listo para cubrirlo para que él pudiese robar las cosas y después venderlas.

Desde chico me trataron como a una niña. Escuchaba frases como: “nena de mamá”, o palabras de ese tipo. Esas palabras me traumatizaron.

De chico solía jugar al fútbol. Me gustaba salir con otros chicos, pero, al mismo tiempo, me acordaba de cómo me trataban, y eso me llevaba a hacer cosas de mujeres: usar ropa de mujer, jugar con muñecas, etc.

En mi interior nunca tuve paz, ¡jamás! El vacío que yo tenía era muy grande. Y entonces comenzó el proceso de confusión. El odio, principalmente hacia mi papá y hacia mi hermano crecía y me atormentaba, debido al desprecio que me tenían. La violencia era muy grande, nadie se respetaba.

Cierta mañana de domingo, mi padre estaba borracho y me golpeó tan fuerte que yo también reaccioné y lo golpeé. Mi madre siempre me había defendido, pero esta vez ella no estaba.

En un momento de violencia grité: “¡PARÁ! ¡Desaparecé de mi casa!” Él salió corriendo hacia un río, y no volvió nunca más. Yo tenía entonces 14 años.

Un lunes a la noche, la policía golpeó a la puerta de mi casa anunciándonos que él se había quitado la vida, se había ahorcado. Fue tan difícil para mí, porque yo sabía que había sido mi culpa, por la discusión que habíamos tenido.

Después de aquello, yo aún seguía confundido por los traumas e insultos que no acababan. Comencé a andar en el mundo de la homosexualidad, a fin de aprender a transformarme en una mujer. Comencé a usar peluca, maquillaje, ropa extravagante, zapatos de taco alto, y salía solo de noche, sin que mi familia me viese. Dejé de estudiar comencé mi “nueva vida”. Me gustaba sentirme así.

Tuve una relación con un joven durante un año. Después de un tiempo él decidió dejarme y yo no acepté, estaba ciego por ese sentimiento. No quería vivir más, me drogaba y me cortaba.

Entonces, me sumergí más y más en ese mundo oscuro y empecé a prostituirme en la calle. Trabajaba en las calles, solo por dinero. Fumaba, iba a boliches, pasaba días tomando. Navegaba mucho en internet, en páginas de encuentros sexuales. Empecé a inyectarme hormonas para parecerme más a una mujer. Me hacía llamar “Jazmín” y odiaba cuando me llamaban Mauricio – él ya estaba muerto para mí.

Huí de la policía varias veces, me encerraban por horas por estar en la calle, pero yo aun así continuaba. Llegué a ser amenazado con un arma para tener relaciones gratis. La vida de un travesti es la calle y él sufre abusos inimaginables, además de los riesgos de enfermedad y muerte.

Yo tenía miedo y no podía dormir. El miedo me invadía. No podía estar solo, los malos pensamientos me atormentaban.

Fui a un curandero para que me liberara de la muerte, pero no funcionó, cada día estaba peor, iba también a la Iglesia Católica pero sentía que era en vano.

Mi vacío era inmenso, solo Dios sabe cómo me sentía. Una cosa yo sabía: mi vida se estaba acabando. Durante tres semanas vi el programa de televisión de la Universal porque no podía dormir a la noche. No quería ir a esa iglesia, pero fue mi última opción. Yo quería morirme, no podía soportar más mi vida, que era una vergüenza para todos.

Mi madre me alentó a que fuera, y yo fui. Cuando llegué, un viernes, día de liberación, todo fue diferente. Vi otro mundo allá. Aun sin entender, en el salón de la iglesia, me invitaron a la Fuerza Joven. Ya al otro día, concurrí para participar de la reunión con los jóvenes. La primera vez que fui, me preguntaron cómo me llamaba y yo dije: “Soy Mauricio”. Así, vestido de mujer como estaba, fue cuando Mauricio despertó.

Ellos me trataron normal, sin ninguna discriminación, yo era uno más. No se avergonzaban de mí. Ese día me sentí muy bien por la forma en la que me trataron. Siempre iba a la reunión de la FJU, empecé a perseverar.

Lo primero que cambió fue que pude dormir por las noches, mis pensamientos comenzaron a cambiar con el tiempo. Yo era como una mujer, pero era uno más de ellos. Ellos creyeron en mí.

Comencé a hacer mi parte. Nadie me decía que volviera a mi apariencia normal, pero cierta vez el líder me dijo que el Espíritu Santo me iba a ir transformando. Me dijo que Dios ya me había escogido, que no había sido casualidad que hubiera llegado allí. Yo era un escogido. Esa palabra me marcó.

En vez de maquillarme, de vestirme como mujer, mis pensamientos cambiaron. Sabía que no debía ser así. Dios me había hecho hombre. Todo fue de a poco, pero decisivo. Un pensamiento me decía que dejara de hacer algo, y yo obedecía. Así, perseverando, llegó el momento de cortarme el pelo.

Vendí toda la ropa femenina que tenía y los cosméticos y, cuando terminé, fue un peso que saqué de mi vida. Estaba feliz. Me sentía feliz. Los pensamientos de morir desaparecieron, mis miedos huyeron. Así como decidí dejar todo, también decidí liberarme y usar mi fe. Retomé mis estudios y, lo más importante: nací de nuevo.

Toda mi vida cambió. Perdoné y olvidé mi pasado. Hoy tengo el Espíritu Santo, fui sellado por Él. Tengo certeza de que el Señor Jesús me escogió para dar testimonio a miles de personas que viven ese tipo de vida.

¡Hoy estoy feliz! Quiero ser alguien en la vida y servir a Dios hasta mis últimos días.

Mauricio Santucho

Obispo Macedo

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