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La vestidura blanca es un símbolo de pureza. En el mundo occidental, cuando las novias van a encontrarse con los novios en el altar para sellar su alianza a través del casamiento, acostumbran a usar vestidos completamente blancos.

Esto simboliza la virginidad de las novias, es decir, que nunca han sido tocadas por nadie, ¡por lo menos teóricamente! Pero las vestiduras blancas lavadas con la sangre del Cordero de Dios son realmente, en la práctica, la pureza y la virginidad de la novia, que es la iglesia.

Quien no tenga estas vestiduras blancas no podrá estar delante del Trono de Dios y, mucho menos servirlo de día y de noche en Su Santuario. Por eso, nuestro Señor aconseja a los tibios en la fe que Le compren estas vestiduras blancas.

La Biblia dice que el Señor Jesucristo Se hizo semejante a los seres humanos, para que los mismos se vuelvan semejantes a Él: “Por lo tanto, convenía que, en todas las cosas, se hiciese semejante a los hermanos para ser misericordioso y sumo sacerdote fiel en las cosas referentes a Dios y también, para expiar los pecados del pueblo” (Hebreos 2:17).

Podríamos describir a esta semejanza de la siguiente manera: ser igual a Él en el comportamiento, en las obras, en el carácter y en las palabras. Esto es lo que otorga el derecho y el privilegio a vestirse con las vestiduras blancas, ¡para el encuentro con nuestro Señor y Dios!

Por último, el Señor aconseja a la iglesia, o al cristiano tibio, que le compren a Él el colirio para ungirse los ojos, con el fin de que puedan ver. Aquellos que no tienen la visión de la voluntad de Dios son ciegos. El ciego puede incluso estar en medio de la luz y, aun así, no logra ver.

¡Esta es la situación de muchos que se dicen cristianos! Están dentro de las iglesias, tienen el conocimiento de la Luz y conocen la Palabra de Dios, sin embargo, ¡no tienen ninguna visión de la voluntad Divina para sus vidas! Por eso, son tibios en la fe, ¡como la iglesia en Laodicea!

El único camino que conduce al tibio a la condición de caliente es el arrepentimiento. Pero, para que esto suceda, antes es necesario que exista un celo, como enseña el Señor Jesús: “Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete.” (Apocalipsis 3:19).

En ninguna otra carta el Señor instruye a la iglesia sobre celar. Es que el arrepentimiento de la iglesia en Laodicea dependía de esta actitud con respecto a la Palabra de Dios.

Esta iglesia estaba tan involucrada en las ganancias materiales, que tenían a las Sagradas Escrituras como a un libro de cuentos. Debía volver a la meditación de la Palabra de Dios para que, de esta manera, encontrara el arrepentimiento, ya que es imposible resguardar el corazón del pecado sin que exista una continua vigilancia en la Palabra de Dios.

Ella es la que instruye, exhorta, revela lo que está oculto y señala lo que es correcto y lo que es equivocado y, solamente a través de la misma el pecador encuentra el arrepentimiento para recibir el perdón.

En esa exhortación el Señor demuestra Su infinita misericordia y paciencia para con los cristianos como los de Laodicea y también Su deseo de recuperarlos. Pero Su querer no siempre es el mismo que el de aquellos que están tibios y caídos.

Es necesario que exista una determinación de querer volver a Dios, para que se haga Su voluntad. Porque la voluntad de Dios solo se ejecuta en la vida del hombre cuando éste se somete a Dios.

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