«¡Sólo a mí!»

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En el momento en que mi estructura familiar cayó, fue inevitable no pensar: “Sólo a mí me pasan estas cosas; todos mis compañeros tienen una familia normal, con padre y madre…”. De entre tantas otras suposiciones, que casi siempre no corresponden a la realidad, pero se basan en lo (in)mediato de los sentimientos.

Esta predisposición de “víctima” nos acompaña toda nuestra vida, si no permanecemos atentos. Aún haciendo de Dios nuestro guía, aprendiendo y viviendo los beneficios de la fe inteligente, las elecciones son siempre personales, pues el Espíritu de Dios respeta nuestro libre albedrío.

Así cuando las cosas no salen de acuerdo a lo que pensamos o creemos “merecer”; un compañero recibe aquel elogio o el “ascenso” deseado, inmediatamente viene a idea: “Yo luché tanto, sacrifiqué. Sólo a mí… ¿Por qué nada sale bien?”

Desafortunadamente, nuestra tendencia humana etá más inclinada a reaccionar de esta manera. Y no seremos libres, en cuanto no cuidemos, dejando de alimentar lo que contamina nuestra alma.

Al conversar con una señora, esta semana, me hizo aún más, analizar este asunto: Alguien, por error, llevó algo que le pertenecía, pero que sería perfectamente sustituible. Situación desagradable, por supuesto, pero provocó, al instante lo que había en su interior: “Sólo conmigo acontecen estas cosas…”.

No hay necesidad de explicar lo que sucedió con al menos dos personas antes, pero la mayor preocupación era ayudarla a darse cuenta de que sus palabras tenían un significado más profundo, de lo que parecía.

Si, inmediatamente, no reflexionamos sobre nuestras reacciones, éstas se convierten en una especie de “cáncer” en nuestra vida, corroyéndonos interiormente. Y, peor aún, pasan a identificar quién somos.

Por eso, padres, incluso cuando sus hijos se quejen, diciendo que ningún padre – o madre – es tan rígido cuanto usted; que todos los padres les dejan salir a sus hijos por la noche; que todos permiten a sus hijos usar cualquier tipo de ropa,.. ¡No se intimide! Sólo si usted quiere que sus hijos sea igual que la mayoría.Ya vivimos en un mundo cruel e injusto. Ahora imagine, si la permisividad reinase libre en su interior, en su vida, en su casa y familia…

El síndrome de “victimización” no nos debe “ablandar” así como no conmueve el corazón de Dios, precisamente porque no se basa en el justo juicio- la Fe – sino en sentimientos engañosos y auto-destructivos.

Viviane Freitas

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