¿Su hijo es su prioridad absoluta?

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Imagínese a una madre que lo llama día y noche a su hijo y no se tranquiliza mientras que no le pasa la lista de reglas o incluso verifica que esté bien. Le pregunta si se alimentó, si se tomó el ómnibus correcto, si entró a la escuela, esto, o aquello. Vive prácticamente 24 horas por día en función del hijo. ¿Ya se lo imaginó?

La verdad es que esa madre, sea por miedo, inseguridad o cualquier otro adjetivo, de tantos cuidados, es capaz de avergonzar a su hijo, y es una fuerte candidata a apartarlo de sí misma.

Y tratándose de un hijo adolescente, entonces es todavía peor. El amor y los cuidados son necesarios, pero no sirve hacer de él un “eterno niño”.

No exagere

Entre “los 5 errores que los padres cometen y que apartan a los hijos adolescentes”, ponerlos en un altar y avergonzarlos con determinadas actitudes ha sido un gran problema en las familias, y un dilema muy conocido de la periodista Isabela (nombre cambiado a pedido de la entrevistada), de 24 años.

Ella creció con todos esos cuidados exagerados de su madre. Vivió la adolescencia prácticamente en un pedestal y, según cuenta, una de las cosas que más detestaba era cuando estaba en algún lugar y su madre de la nada, comenzaba una conversación con alguien y empezaba a hablar de la vida de ambas.

“Hablaba sobre mis relaciones amorosas y cómo me comportaba cuando era más joven. Relataba situaciones vergonzosas, como por ejemplo, que yo era una vaga o que no sabía ni lavarme mi ropa. En otros momentos, cuando estaba con mis amigos, se ocupaba en criticarlos adelante mío. Si no le gustaba alguien, le decía en la cara a la persona que no quería que sea amiga de ella. Y más: también tenía la costumbre de exaltar lo que yo hacía bien”, recuerda la joven.

Isabela sentía mucha vergüenza y, a causa de eso, se alejaba de su madre. Inclusive, con el pasar del tiempo, dejó de atender sus innumerables llamados.

“Me llamaba más de diez veces por día para saber lo que estaba haciendo, dónde estaba, con quién, cómo, a qué hora volvería, o para contarme algo del día a día de ella. Si no atendía, decía que yo era una mala hija, ya que solo quería mostrarme cuánto me amaba con eso.”

Isabela creció, se volvió independiente, sin embargo, no vio grandes cambios en su madre con el transcurrir de los años. Con la madurez y una vida con el Señor Jesús, la joven asegura que aprendió a lidiar con la situación, a pesar de ser difícil. “Entendí que sería más fácil que yo cambie en vez de que ella lo hiciera”, resalta.

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