El Espíritu Santo y la Fe (Parte 1)

Durante toda la trayectoria del Señor Jesús, desde Su nacimiento hasta Su bautismo en las aguas del Río Jordán por Juan el Bautista, Su manifestación de fe estaba apenas dentro de los límites de la fe natural. Él no hizo ningún milagro, apenas tuvo una educación como la de los niños de Su edad y trabajó como carpintero para ayudar a su “padre” adoptivo.

Él hacía lo mismo que los demás niños y jóvenes de su edad, naturalmente, dentro de los rigores de la Ley Judaica, con la excepción de ser Él el más sincero en el celo de la Ley de Dios. Por eso tuvo Su vida absolutamente reservada a la pureza y a la santidad, teniendo en vista Su misión en este mundo.

Sin embargo, cuando fue bautizado en las aguas, el Espíritu de Dios vino sobre Él en la forma física de una paloma, y lo consagró con la capacidad de realizar la voluntad de Dios, justamente a través de la fe sobrenatural. A partir de este momento, Él dejó de vivir dentro de los límites de la fe natural para vivir dentro del ilimitado poder de realización de la fe sobrenatural.

Todos sus actos milagrosos tuvieron el total apoyo del Espíritu Santo. Toda Su manifestación de poder, que resultó en las mayores maravillas de la fe, fue inspirada, dirigida y concretada por el Espíritu que en Él estaba. El Señor Jesús tan sólo tuvo el coraje de confesar y ordenar lo que Su Espíritu le inspiraba que dijera. ¡El milagro ocurría naturalmente! Es como Él mismo dijo:

“Tened fe en Dios. De cierto os digo que cualquiera que diga a este monte: Quítate y arrójate en el mar, y no duda en su corazón, sino que cree que será hecho lo que dice, lo que diga le será hecho.” (Marcos 11:22-23).

¿Qué hizo Él entonces? Apenas obedecía la voz audible, fuerte y real del Espíritu Santo. Cuando fue a resucitar a Lázaro, primeramente ordenó a sus discípulos que quitasen la piedra que estaba delante de la tumba. Marta, hermana del muerto, usando su fe natural, le dijo: “Señor, hiede ya, porque lleva cuatro días” (Juan 11:39). En otras palabras: ¡Señor, no sirve de nada! Él murió hace cuatro días y ahora ¿qué se puede hacer? ¡Nada!

Pero la voz de la fe natural muchas veces es inspirada por el diablo, para intentar bloquear la voz del Espíritu Santo y, por supuesto, el impulso de la fe sobrenatural. El Señor Jesús, absolutamente convicto de la voluntad de Dios, les dijo: “¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?” (Juan 11:39). Prevaleció Su autoridad y Su fe sobrenatural sobre aquella fe natural.

Entonces, dio gracias a Dios, antes de ver al muerto resucitado. Y habiendo dicho eso, clamó en voz alta, significando la fuerza que emanaba de Él: “¡Lázaro, ven fuera!” (Juan 11:43). Cuando habló de esta manera al muerto, el Espíritu Santo inmediatamente entró en acción, penetrando en aquel cuerpo descompuesto y haciendo volver el espíritu de vida.

¡El Espíritu Santo acompañó la voz de la fe sobrenatural, tornando posible lo imposible! La voz del Señor Jesús era tan convincente, que Él tuvo que pronunciar el nombre de Lázaro, porque si Él dijese apenas: “¡ven fuera!”, ¡seguramente todos los muertos de aquel sepulcro habrían resucitado!

El Espíritu Santo no ha venido con el propósito de hacernos solamente hablar en otras lenguas, expulsar demonios o tener poder para hacer algunos milagros. ¡El vino sobre los Hijos de Dios para realizar las mismas obras y aún mayores, que Su Primogénito realizó! Es como el Señor Jesús dijo:

“De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él también las hará; y aún mayores hará, porque yo voy al Padre”. (Juan 14:12).

¡Es exactamente por esto que el Espíritu de Dios vino sobre los seguidores de Su Hijo!

Continuará…

Mensaje sustraído de: El Poder Sobrenatural de la Fe (autor: Obispo Edir Macedo)

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