Naamán, capitán del ejército del rey de Siria, fue condenado por lepra…

Ante la situación “irreversible”, fue al encuentro del único capaz de revertirla…

“Cierto general del ejército del rey de Siria, llamado Naamán, era un hombre muy importante. Su señor lo tenía en alta estima porque, por medio de él, que era un guerrero muy valiente, el Señor había dado la victoria a Siria. Pero Naamán era leproso.” (2 Reyes 5.1)

Su posición y estatus privilegiado no podían hacer nada por él. Naamán no conocía a Dios, pero había oído hablar de Sus maravillas. Entonces, ante su situación irreversible, fue al encuentro del profeta Eliseo. Mandó que lo sumergieran siete veces en el río Jordán. El río no era precisamente un lugar donde le gustara bucear, pero obedeció y se curó de la lepra.

¿Cuántas veces sabemos dónde encontrar a Dios pero nos resistimos a pedir Su ayuda? Naamán nunca había adorado a Dios, no pertenecía al pueblo de Israel, pero fue sanado solo porque creyó en Él. Fue humilde al reconocer que lo necesitaba, decidido a obedecer y agradecido al reconocer su grandeza:

“He aquí, ahora sé que en toda la tierra no hay Dios sino en Israel”. (2 Reyes 5.15)

No importa tu condición, si crees, ¡Él te responderá!

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